Tengo entendido que lo que llamamos Naturaleza vendría a ser para alguno de entre los más esclarecidos humanos lo que para otros, quizá más tontos, es Dios. O sea, algo abstracto, misterioso, inaprensible y, por demás, inamovible: tiende al equilibrio... es decir, si crece mucho por un lado, automáticamente se encoge en la misma proporción por otro, de resultas de lo cual, siempre estamos en las mismas.
Sí, que nadie se haga ilusiones respecto de que esto alguna vez vaya a ser un paraíso... o sea, lo que se suponía debiera haber venido a ser Cuba si las cosas no se hubiesen torcido. ¡Qué mala suerte! Cojan, agarren los libros de historia, desde Heródoto para acá, y lean: no falla; al final siempre se tuerce algo y todo se queda en nada.
Consideremos el estado actual de las cosas: es evidente que disfrutamos de unas ventajas comparativas que hace menos de medio siglo nadie las hubiera podido imaginar. El acceso al conocimiento, o sea, a la omnisciencia divina, que sería la más alta aspiración humana, dejó de ser privilegio de unos pocos para estar al alcance de cualquiera, aunque viva en medio de la selva, que se lo proponga. Puedes llevar en el bolsillo, para consultarlo cuando te apetezca, o lo necesites, todo el conocimiento del mundo. De hecho, no son pocos los que se aprovechan de esa posibilidad y, con ello, se elevan por encima del miedo y la superstición. Pero, aunque no sean pocos, tampoco son muchos: solo tienes que mirar a tu alrededor para comprobarlo; verás que la inmensa mayoría está entregada a las estupideces propias de quien carece de voluntad... ya conocen el mantra de moda de hace más de medio siglo para acá: aprender, sí, por supuesto, pero jugando. Esforzarse, según la doctrina oficial, es de torpes. Consecuencia de lo cual es que la pobre gente se pasa el día yendo de aquí para allá sin otra finalidad que la intentar llenar un vacío que nunca se colma... y venga a recoger mierdas de perro, y venga a tatuarse la piel, y venga a ingerir todo tipo de porquerías. En definitiva, el progreso de los pocos se neutraliza con la inanidad de los más y, así, en conjunto, en nada nos diferenciamos de nuestros primeros padres.
Ayer terminé la lectura de «Las Noches del Buen Retiro» de Baroja. Como dice Ortega, las novelas de Baroja dan la impresión de inconclusas: tantas pasiones por el mundo, al final quedan en nada. Como la vida misma. La propia vida se ha ido en una sucesión de inútiles conmociones que produjeron mucho más sufrimiento que satisfacciones y, al final, solo queda un incierto deseo de que la descendencia tenga un amable pasar hasta que les llegue su hora. Supongo que será así porque así lo tiene dispuesto la propia Naturaleza de las cosas.
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