miércoles, 19 de agosto de 2026

Utopía

A veces, supongo que afectado de un ataque agudo de melancolía, me pongo a lucubrar sobre lo que haría si estuviese comenzando la andadura de la vida pudiendo echar mano de la experiencia acumulada en casi un siglo de encadenar frustraciones. Ya sé que es una majadería total, pero sirve para pasar el rato y, también, de un cierto consuelo al hacerme la ilusión de que uno ha dado con la piedra filosofal. 

Pero vayamos al grano. Lo primero de todo sería no someterme a ningún tipo de aprendizaje reglado. O sea, aprender lo que sintiese necesidad de aprender y siempre por mi cuenta. Leer y escribir, claro está y, a partir de ahí, sobre la marcha. Desde luego que, desde el primer momento, me agenciaría un instrumento musical y no pararía hasta convertirlo en una extensión de mi organismo capaz de suplir en lo posible las naturales carencias en lo que a expresar las emociones civilizadamente se refiere. 

Para cuestiones de mantenencia recurriría en lo posible al autoconsumo. Empezaría por instalarme en un pueblo lo más retirado posible de Castilla que es el único lugar entre los que conozco con una demografía razonable. Cultivaría un huerto y criaría gallinas y conejos. Para redondear la hacienda, haría trabajos esporádicos de lo fuese, siempre, por supuesto, manuales, incluyendo entre ellos tanto el de tocar el instrumento musical en las bodas y romerías de los pueblos como el de la caza y la pesca furtiva. Ni que decir tiene que procuraría amancebarme con una mujer del campo para tener algún hijo con ella y trataría de educarlos en la autodisciplina anarquista.  

Mis necesidades espirituales quedarían de sobra colmadas con una Biblia y un Quijote que, alternándolos, leería al atardecer a los míos, en invierno junto al fuego y en verano bajo la parra o la higuera.

Y qué más se me podría ocurrir... bueno sí, una bicicleta acaso, para abreviar los desplazamientos y, sobre todo, un arma para disuadir a los funcionarios que pretendiesen inmiscuirse en mis asuntos.   

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