Bordeando la bahía llegué hasta Maliaño. Como iba acompañado de Juan Ruiz y la temperatura era idónea para caminar se me hizo muy corto. Todo ese territorio entre marismas donde antaño había una gran fábrica que apestaba y una granja de tecnología avanzada para la época y donde, ahora, hay centros comerciales, parques y barrios modernos. Es una trasformación, por así decirlo mágica, porque lo de antes, que producía riqueza, apenas daba para vivir en esos barrios miserables de bloques de cinco pisos sin ascensor hacinados en las laderas de las colinas. Lo de hora es al revés, no se vé por ningún lado en donde se genera la riqueza, pero todos son lugares para fundirla. Me senté en la terraza de una franquicia a tomar un piscolabis y descansar. Todo daba la sensación de un bienestar social sin el menor reproche que hacerle y, desde luego, el piscolabis estaba de lujo.
Supongo que toda esa mágia es la del gigante con pies de barro. Y por eso es la sensación de angustia pensado que el gigante se va a venir abajo de un momento a otro. Claro que, esa sensación, supongo que solo la tenemos los que hemos conocido un mundo al que era más fácil encontrarle el sentido. A mí, desde luego, me cuesta encontrársele a todo ese conglomerarado de pistas, autopistas, explanadas, repletas de artefactos para robar tiempo al tiempo. ¡La prisa, qué tonta ilusión!¿De verdad piensan que ahora se vive más y mejor que cuando allí había una fábrica que apestaba y una granja modélica?
Voy hablando con Juan Ruiz, con sus casi setencientos años a la espaldas, y no puedo dejar de preguntarme: ¿qué es lo que nos diferencia? ¿Es que yo sé algo que él no supiese? ¿Han servido de algo setecientos años a efectos de evolucion de la conciencia de sí mismo? ¿O de la conciencia de ser consciente, por decirlo de otra manera? ¿Ha mejorado algo el sentido del humor? ¿O la capacidad para el lenguaje figurado? Sí, desde luego que la tecnología ha hecho que se prolongue la expectativa de vida de los necios, pero ¿a qué precio? Mi impresión es que al de que venga todos los días el águila a roernos los hígados. Porque esto de la expectativa de vida es una cosa muy relativa. Sabemos que en la antiguedad clásica, los sabios vivían muchos años. Cultivaban el mens sana in corpore sano y llegar a los ochenta estaba chupado. El populus, me imagino, como ahora, le pegaría a todo lo que coloca y como no había tecnología que les reparase morían en cuatro días.
En fin, que llegué a casa reventado. Había hecho más de quince kilómetros. Así que abrí una ventana y me puse desnudo al sol en la tumbona. Dormité un buen rato, hasta que el sol, ya muy bajo, no me calentaba. Me vestí y me fui a la cocina a hacer una ensalada. Me supo a gloria.
De todas maneras es un lujo poder vivir , y bien , en Santander. Hace unos años ,estando en Santoña , me comentó´un parroquiano que, en el Polígono donde se confeccionaban todas las célebres conservas , siempre estaba abierto , incluido domingos. Yo me dije :"esta es la mía"y me presenté a las10 00 de la mañana pensando lo listo que era. El mosqueo empezó cuando vi en la calle 3 o 4 autocares franceses. Las tiendas de la calle estaban a reventar,de jubilados gabachos, que arramblaban con los inmensos tarros de tronco de bonito en aceite y casi habían terminado con las latas de esas anchoas , las sobadas, como dicen ellos. Efectivamente , la expectativa de vida es muy relativa. Pero acompañada de unos buenos prouctos SAntanderinos..que me quiten lo bailao,..
ResponderEliminarY no te digo, si vas a casa José en el Pesquero qué pescados te zampas. Desde luego que surtidos estamos.
ResponderEliminarYo íba de vez en cuando a Los peñucas , qué gusa me está entrando.
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