El mundo, es decir, lo que hemos dado en llamar los humanos, sigue en sus trece. Trece, ya saben, si me la tocas me crece. Es todo de chiste. Me recuerda a los hormigueros. Thoreau nos relata en Walden como se pasaba las horas muertas contemplando a las hormigas. Y es que hay muy pocas diferencias entre un hormiguero en medio del bosque y una calle en New York. Lo que hacen las hormigas en uno y lo que hacen los hombres en lo otro viene a ser exactamente lo mismo. Van de aquí para allá para asegurarse el condumio y de paso, todos juntos. van ampliando la infraestructura. Tu dejas un hormiguero a su libre determinación y en tres patadas ha creado una infraestructura que ríete tú de la que están construyendo ahora los chinos en su país. Me maravilla. ¿Qué pensarán esas gentes, o esas hormigas, que es la vida? A juzgar por los hechos, se diría que viven convencidos de que esto es para siempre. Quizá sea que el instinto de supervivencia es más de la especie que del individuo. Y ese instinto nos lleva a pensar que nada mejor que agrandar la infraestructura para garantizar esa supervivencia. Y puede que tenga sentido. Yo desde luego no se lo veo. He vivido ya tantos años que tengo alguna perspectiva de todo esto. Y, desde luego, no veo yo que la gente viva hoy ni más segura ni más feliz que cuando era niño. Esos sentimientos son tan subjetivos que es inútil todo intento de cambiarlos desde afuera. En estando alimentados, los humanos, como los demás animales, poco tienen que rascar que no sea pensar en el fornicio. Todo lo demás que hacen no es más que un vano intento de olvidarse de esa obsesión. Y ahí es donde reside el quid de la cuestión, en todo lo demás. ¿Es que no podríamos ser un poco más elegantes, o inteligentes, cuando elegimos nuestras formas de evasión? Pues parece ser que no. Actuamos como si estuviésemos convencidos de que cuanta más infraestructura poseamos más felices seremos. Y luego viene Thoreau y te dice que la felicidad está en relación con las cosas que puedes desechar.
En resumidas cuentas, que entre lo que veo ahora y lo que me cuenta Heródoto no noto otra diferencia que lo que se ha ganado en monotonía y homogeneidad, es decir, en aburrimiento. Todo eso que llaman progreso no ha consistido en otra cosa que en abreviar el camino para llegar a la meta. Autopistas para todo. ¿Es que puede haber algo más triste que circular por una autopista? ¡Ah, sí, ya sé, estar en muchos sitios en muy poco tiempo! ¿Piensas ustedes que eso merece la pena? No me convence. Me quedo con Thoreau. Y desobedezco todo lo que puedo.
Siempre me sorprendes, querido Pedro. A Thoreau lo conocía , pero no lo ubicaba. La desobediencia Civil. Ahora , al parecer, está muy de moda. Me voy a poner a leerlo. Lo he encontrado gratis en el Kindle Muchas gracias.
ResponderEliminarCreo recordar que la película Una habitación con vistas, tiene algo de homenaje a Thoreau.
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