domingo, 10 de marzo de 2024

Corderitos todos

Siguiendo con el rollo de las mujeres, que para los hombres es todos los rollos, les voy a contar una anécdota que relata Casanova de cuando andaba por Madrid y que demuestra palmariamente hasta que punto el poder que tienen es omnímodo, o sea, que esa pretendida discriminación a la que dicen estar sometidas por los hombres es un imposible metafísico.

Había en Madrid a la sazón una iglesia en la que la gente se agolpaba a todas las horas hasta el punto de que era difícil atravesar la calle en la que estaba porque había montones de gente intentando entrar. El secreto de tal atracción era una imagen de la virgen con un escote bajo que insinuaba unas tetas tan voluptuosas que nadie que lo viese podía sustraerse a los pensamientos impuros que, como todos ustedes saben, son los que más deleitan. Así que no es de extrañar que el párroco de la tal iglesia fuese una de las personas más ricas de Madrid. Tenía allí un negocio limosnero por todo lo alto. Casanova, especialista en voluptuosidades, donde los haya habido, vio aquella imagen y se hizo cruces. No había día que no dedicase un buen rato a su contemplación. Tal era su devoción por las tetas.

Pero, Casanova, siempre al rabo de la corte, se fue a Aranjuez a veranear. Cuando volvió, con motivo de una visita que tenía que hacer, le dijo al cochero que no pasase por la calle de la iglesia de marras porque corrían el peligro de verse allí atascados. El cochero le respondió que eso era antes, que ahora aquello estaba vacío. Al preguntarle por las causas, el cochero le dijo que lo indagase por sí mismo. Casanova entró en la iglesia y vio con consternación que aquellas otrora tetas prodigiosas estaban ahora tapadas por un pañuelo, obra de un mal pintor. 

Lo que había pasado fue lo siguiente. Mientras Casanova había estado en Aranjuez había muerto el párroco de aquella iglesia y había sido sustituido por otro que era el autor de la atrocidad. Casanova tomo la decisión de ir a hablar con el nuevo párroco creyendo que se iba a encontrar con un viejo atrabiliario al que pensaba poner las peras al cuarto. Nada más lejos de la realidad; el nuevo párroco era un joven apuesto, cultivado y de trato agradable, que le dio a Casanova las explicaciones pertinentes y sin vuelta de hoja. Él había sido el que había mandado pintar allí aquel pañuelo horroroso y no, por cierto, pensando en los pensamientos pecaminosos que aquellas tetas pudiesen suscitar en la feligresía, sino simple y llanamente porque con aquellas tetas a la vista le era completamente imposible conseguir la concentración necesaria para convertir el vino en sangre de Cristo... lo que llaman consagración. 

Para que luego digan que las discriminamos. ¡Pero hombre de Dios, sin con un simple cruce de piernas les basta para convertir los lobos en corderitos...!

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