Ayer me llegué andando al parque Cros de Maliaño. Me senté en el chiringuito que hay allí a reponer fuerzas y, una vez restaurado, saqué el Bernal Díaz del Castillo y seguí con la toma de México. No sé la cantidad de verdad que pueda haber en ese relato, pero, a poca que sea, la dimensión de la hazaña que supuso aquella conquista es gigantesca. Verdaderamente, las figuras de Cortés, Pedro de Alvarado, Cristóbal de Olí, Gonzalo Sandoval... del propio Bernal, en poco se diferencian de las de Odiseo, los Ayax y todos aquellos superhombres de la Ilíada. El caso es que estaba enfrascado en la lectura y, de pronto, dos mesas más allá, empezó una algarabía de ladridos; tres generaciones de una familia estaban allí acompañados de cuatro perrazos que todo era ver pasar un perrito, o sea, cada dos por tres, por delante del chiringuito y ponerse a ladrar como locos. No pude más y les grite: ¡Pero es que ustedes se creen que están aquí solos! Se hizo un silencio sepulcral y la gente dirigió sus miradas tanto a mí como a los perrolatras que, a la sazón, estaban intercambiando cuchicheos entre ellos; supongo que estaban debatiendo si lo conveniente era venir a darme dos hostias o coger los perros y llevárselos por ahí de paseo. Afortunadamente optaron por esto último y pude volver a mi enfrascamiento.
Regresé de Maliaño lo mismo que a la ida, haciendo paradas en todos los bancos que encontraba para seguir con la lectura. Y entre parada y parada, iba reflexionando sobre el asunto de la conquista de un país por otro. Porque es que se ha venido argumentando en los últimos tiempos, con motivo del contencioso de México con España que se han sacado de la manga determinados políticos zurdos, sobre el derecho de conquista que, al pareces, según opinión mayoritaria, es un derecho contra natura. Porque la sociedad que encontraron los españoles en México estaba bastante bien organizada. Incluso idílica según la leyenda en boga. Y todo eso de que se alimentaban de carne humana son bulos para justificar lo injustificable.
Si nos atemos a la primera gran conquista relatada por los historiadores, la de Jerjes que llegó hasta Salamina, donde se estrelló. ¿Qué motivos tenía Jerjes para querer someter a griegos? Sencillamente, acrecentar su poder. Los griegos eran un grano que tenía en el culo y, lógicamente, se lo quería quitar de encima. Calculó mal al no tener en cuenta el grado de desarrollo en todos los órdenes de los griegos; mucho mayor que el suyo, en cualquier caso. No tuvieron ese problema ni los cartagineses ni los romanos cuando invadieron Hispania; en este caso el decalage cultural a favor de ellos era tan gigantesco que no es que la conquista no tuviese sus hitos sangrientos, pero, en general fue un paseo militar. Tanto los romanos como los cartagineses no buscaban otra cosa que aumentar su poder apoderándose de las riquezas que encerraba en sus entrañas Hispania. Lo que pasó es que a la vez que se iban apoderando del oro y la plata iban dejando un reguero de conocimientos que hizo que al poco los hispanos no se diferenciasen gran cosa de los romanos. Cuando Napoleón se puso a invadir Europa, en cuatro días se estrelló porque la superioridad moral con la que pretendía justificarse no era tal. Digamos que España y Rusia, sus dos verdugos, eran, si no material, sí moralmente, muy superiores a Francia. Calculó mal el pobre hombre. Luego, los europeos se pusieron a darse leña entre ellos y los Estados Unidos vieron su oportunidad. La locura de los alemanes de querer exterminar a todos los judíos se lo puso en bandeja. Vinieron, pusieron paz, y se quedaron. Ya va para ochenta años y, si se van, da igual porque ya somos todos americanos. Lo mismo que los mexicanos eran españoles cuando echaron a los españoles de allí. Y lo siguen siendo dos siglos después.
Los españoles en México, más de lo mismo: búsqueda de riquezas con la justificación moral que les daba la barbarie de aquellas gentes. Porque, efectivamente, se comían entre sí, el pez grande al chico, en sentido literal. Y la conquista era relativamente fácil dada la diferencia cultural: había siglos de desarrollo por medio.
Resumiendo, que fui y vine tan entretenido con estas historias que ni me enteré de que había andado más de quince kilómetros. Lo noté al llegar a casa. Y hoy lo sigo notando.
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