Babardeábamos esta mañana acerca de la ortografía. Reconozco que pará mí siempre fue una tortura y, aun hoy, no son pocas las veces que tengo que consultar el diccionario para cerciorarme de la forma correcta de escribir una palabra. La verdad es que nuca encontré la razón de la importancia que se le daba al tema y, más, cuando, al leer a los clásicos me di cuenta de cómo cambia de unas épocas a otras. De todas formas, reconozco que es elegante escribir las palabras de acuerdo con las reglas de la época en la que las escribes. Aunque, a la postre, lo que importa es que lo que escribes se entienda y, en eso, poco aporta, si es que algo, la ortografía. Por eso me río de esos talibanes que la consideran poco menos que el compendio de todas las cualidades intelectuales del ser humano.
Desde cuando estaba en el colegio me llamaba la atención la facilidad de algunos compañeros para no cometer faltas. Y no necesariamente eran los alumnos más destacados. Es difícil entender a qué es debido esa facilidad. Porque no creo que sea cosa de saberse las reglas. Yo sabía un montón de ellas, pero a la hora de la verdad, al menor descuido, metía la pata. Incluso, palabras elementales, que, al escribirlas, comenzaba a dudar. Pronto me di cuenta de que era un problema ligado al estado de ánimo: si andaba bajo, la inseguridad surgía por doquier. La g y la j, la ll y la y, la b y la v, con h o sin h. Bueno, en realidad en esas sigo; hay días que no doy pie con bola y tengo que recurrir al diccionario de continuo.
Otras de las conclusiones a las que llegué en mis incansables pesquisas es que la ortografía tiene mucho que ver con la memoria fotográfica. Por mi temprana miopía o por lo que sea, yo la tengo fatal. Me cuesta un montón recordar los rostros. Todas esas artistas de Hollywood, por lo general, me parecen la misma persona. Mujeres con las facciones equilibradas que no me dan una pista para distinguirlas. Esta discapacidad he oído que la tienen muchas personas. Sea como sea, con el paso de los años me di cuenta de que si estoy dudoso sobre la ortografía correcta de una palabra, lo mejor que puedo hacer es escribirla y observar su aspecto. De inmediato hay algo dentro de mí que dice, así está bien, así está mal. Y es raro que no acierte.
En cualquier caso, le sigo dando una importancia muy relativa a la ortografía porque pienso que aporta poco a la enjundia de un texto. Lo que me obsesiona, sin embargo, es el orden en el que tengo que poner las palabras para conseguir que una oración sea lo más inteligible posible. Se trata de conseguir eso que Ortega llamaba la cortesía del escritor. No sé en qué medida he progresado en lo de alcanzar tan difícil meta; desde luego que empeño puse en ello: las clases de latín que recibí en Salamanca y la consulta obsesiva del libro de Andrés Bello, pienso que fueron definitivas para lo poco o mucho que haya logrado en este difícil arte. Amén.
No hay comentarios:
Publicar un comentario