El ser humano siempre se ha estado debatiendo entre la piedad y la justicia. O, si mejor quieren, entre los sentimientos y la razón. Quizá eso que llaman sabiduría no sea otra cosa que encontrar el justo equilibrio entre los unos y la otra. Porque lo que parece tener demostrado la experiencia hasta la saciedad es que, cuando se exacerba el predominio de uno de los dos términos de la ecuación, el mundo tiende a su destrucción. Ahora, por ejemplo, llevamos una temporada demasiado larga en la que los sacerdotes de la piedad se están poniendo las botas. Es eso que se ha dado en llamar el buenismo, un cáncer del espíritu que exige cirugías radicales so pena de que acabe con la vida sobre el planeta.
Especular sobre estos asuntos es muy aventurado, pero, así y todo, ya puestos, diría que si hay que señalar un hito, o un punto de inflexión, en la relación entre la piedad y la justicia, ese es el tránsito del Viejo al Nuevo Testamento. El cambio de era: antes y después de Cristo, que le decimos. Por eso, para entender el mundo en el que vivimos es tan importante leer la Biblia, un libro que, como decía mi admirado Baroja, lo contiene todo.
Estaba pensando en estas cosas tras haber visto un debate sobre emigración en el senado de los EEUU en el que una señora, todo piedad, se enfrentaba a un señor, todo justicia. Argumentos impecables por ambas partes: el espíritu y la letra de las leyes. ¿Por qué parte de las dos te decantas? Porque el caso es que, de tanto exprimir el espíritu a las leyes, las calles de EEUU se han llenado de tiendas de campaña y se hace muy complicado el transitar por ellas.
Y en esto llegaron Milei y Trump y mandaron parar. ¿Cuál es el banderín de enganche de ambos dos? Muy sencillo, el Antiguo Testamento. De hecho, creo haber escuchado en algún sitio que Milei se ha convertido al judaísmo. Y Trump ha dado su apoyo sin matices a Israel en su contencioso con los filisteos... la guerra más secular de todas entre los dos términos de la ecuación.
Así ha sido que, a la anterior presidenta de Argentina, una tal Cristina, sacerdotisa de la piedad donde las hubiese, le acaban de caer seis años de trullo. Y es que, si lo cortés no quita lo valiente, mucho menos quita la piedad el afán de meter la mano donde no se debe. La pobre mujer se había hecho multimillonaria de tanto hacer obras de caridad. Por así decirlo, la ecuación estaba tan escorada hacia el lado de la piedad que Dios ha considerado necesario enviar a Milei a contrabalancear para que no se vaya todo al carajo.
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