En la progresiva reducción de ámbitos físicos que conlleva el estar en las acaballas de la vida he venido a dar, de forma diría que natural, al único lugar de la ciudad por el que siempre sentí simpatías: el Barrio Pesquero. Es mínimo lo que salgo de él y no, precisamente, por ganas, sino por alguna obligación o por complacer a María que, haciendo gala de su género, siempre está deseando ir por donde es más probable que se encuentre gente conocida. Bueno, más que probable, inevitable, por aquello de que los encuentros fortuitos es la seña de identidad por antonomasia de la capital de provincia. Yo diría que fue precisamente esta característica la que me empujó a vivir lo más de la vida, ya fuese en la corte, ya en el cortijo, donde los encuentros fortuitos son excepcionales. Me pudren las charletas propias de esos encuentros. Comprendo que es algo estúpido, pero no puedo evitarlo. Sea como sea, en Santander ya no me conoce prácticamente nadie y, desde luego, menos cualquiera que viva en este barrio popular en el que hace cuarenta y tantos años fui algo así como el rey del mambo: siempre tenía un montón de pescadores viejos ingresados en mi planta del hospital.
Ahora paseo por sus muelles y, si el tiempo acompaña, me siento en un banco a seguir con la lectura del libro que a la sazón tengo entre manos. De vez en cuando intercambio algún comentario con algún habitual que me conoce de vista como yo a él; llevo aquí tres años y pico y raro es el día que no recorra dos o tres veces los muelles alrededor de la dársena. Siempre hay algún detalle o novedad que inspira curiosidad. Ayer, por ejemplo, uno de los pescadores de caña habituales me contó que esos anzuelos coloreados que utilizan ahora los compran en la plataforma online china aliexpress diez veces más baratos que en la tienda de artículos de pesca que un iluso puso en el barrio hace cuatro días. Por cierto que, estos días, la peña está entretenidísima con un mamotreto de acero que han traído por mar y colocado en las atarazanas que hay a levante de la dársena donde unos bulldozers con mandíbulas descomunales lo están reduciendo a chatarra. En fin, cosas así nunca faltan.
Así es que iba ayer distraído y mi vista cae sobre la pequeña leyenda que el Ave Fénix tiene en el lateral derecho del puente: DONDE NO LLEGAN MIS PISTONES LLEGAN MIS COJONES. Y, al lado, la imagen de un pistón para los que no saben del asunto. Seguí observando y vi que a popa tiene un extraño dibujo en cuyo centro se ve algo así como el huevo del que renace el Ave Fénix. Sin duda, el barco, con todos esos detalles, tiene que ser de algún tipo curioso. Tengo que indagar.
Ya quedan pocos pescadores, y casi todos africanos, pero, así y todo, los suficientes para dar carácter el barrio. Porque salir a alta mar en esos barcos no es oficio para mindundis. Tendrían que leer el GRAN Sol de Aldecoa para entender lo que les quiero decir. Para empezar hay que tener un sistema laberíntico de hierro so pena de echar las primeras papillas en cada salida. En fin, sea como como sea, por comparación a otros oficios, camarero, funcionario, el de pescador viene a ser como una aristocracia de la clase trabajadora. Y eso, se lo aseguro, se nota en el barrio. ¡Quedan ya tan pocos cojones por ahí!


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