La que dicen izquierda, que viene a ser todas las mafias organizadas en eso que llaman partidos políticos, es el cáncer de la sociedad que en ocasiones remite, pero solo por un pequeño periodo de tiempo para volver a recaer con la misma, si no mayor, letalidad. De la Segunda Guerra Mundial para acá, ya va para ochenta años, solo hubo dos momentos de relativa salud social, los años de Reagan y Thatcher. Hoy día, tanto el uno como la otra, son los dos únicos políticos del siglo pasado que siguen teniendo algo que decir como lo demuestra la profusión de videoclips en las redes sociales en los que aparecen, el uno contando chistes con mucha miga y, la otra, proclamando verdades de las que levantan ampollas a los que viven, o aspiran a vivir, de la extorsión a sus conciudadanos.
Estas cosas comentábamos esta mañana en nuestras habituales conversaciones transcontinentales, a propósito de la reelección de Trump. Como cuando Reagan y Thatcher, la carcundia zurda está que trina, como Severina, aquella deficiente mental de San Sebastián de Garabandal que se agarró una tuberculosis como consecuencia de haber bajado a su pueblo en carne mortal la Virgen María. La tuve ingresada en mi planta del Hospital y, cuando al pasar consulta, le preguntaba por su estado, respondía indefectiblemente: Severina está que trina.
Afortunadamente, pienso yo, lo de Trump no es como lo de Reagan y Thatcher; esta vez ha venido para quedarse por una larga temporada. Las facherías de las escuelas de Salamanca y Austriaca van calando poco a poco en la sociedad. Legiones de jóvenes aventajados buscan a la desesperada paraísos fiscales para instalarse. Y no menores legiones de gente adulta, no por estar desorientadas respecto a lo que quieren, dejan de darse cuenta de que este sistema político que nos quiere señorear es el timo de la estampita. Cuando digo legiones de gente adulta me estoy refiriendo, mayormente, a personas que, ni han sido, ni son, funcionarios... por llamar de alguna manera a los cadáveres vivientes.
Es de chiste encontrarse por la calle con gente que sospecha que no eres de los suyos y quiere aprovechar la coyuntura para deshacerse de un poco de la bilis que le tortura por dentro. Son yonkys que se inyectan cada mañana El País y ya a duras penas les hace efecto. Necesitarían algo más duro, por ejemplo una falsemia como la de hace cuatro años, con sus mascarillas, inyecciones y confinamientos, que les produjo un subidón que es que les parecía que ya nos tenían por siempre jamás acorralados a los fachas. Eso de poder sacar su batería de insultos preferidos con total impunidad es para ellos como fue para Severina el que bajase la Virgen en carne mortal a su pueblo; lo malo es que no hay excitación sin resaca: Severina, la tuberculosis; la carcundia zurda, Trump. En fin, cosas que pasan y luego las cuentan a su manera los Heródotos de turno.
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