Con lo de la mendicidad estamos como en lo de la metáfora de la rana, ya saben, que la meten en agua fría que van calentando poco a poco sin que la rana se aperciba hasta que está achicharrada. Con la mendicidad, por lo menos en este barrio que vivo, no estamos todavía achicharrados, pero me temo que vamos camino de ello: día a día veo aumentar su número; ya no queda lugar estratégico sin ocupar y empiezan a colocarse en cualquier sitio, donde más estorban el paso... que también esa es otra estrategia.
Ya les he contado, ni sé las veces ya, que Nietzsche decía que a los mendigos lo mejor era matarlos porque no hay forma de que te satisfagan: si les das mal, porque tienes la impresión de estar fomentando la vaguería; si no les das, peor, porque la insensibilidad ante la necesidad ajena es una degeneración del espíritu que duele. Sea como sea la cosa espiritual, lo que no se puede negar es que la mendicidad, como toda actividad humana, está sujeta a las leyes del mercado, a las de la oferta y la demanda concretamente. En este caso la mercancía que se intercambia es la compasión: hay mucho mendigo demandándola porque hay mucha gente ofertándola -o al revés-; es impresionante la cantidad de gente que al salir del supermercado les da los céntimos de la vuelta, cuando no algo que han comprado para ellos.
Es muy curiosa esta oferta de compasión y sería cosa digna de ser analizada cuidadosamente. Claro, opinar sobre este tipo de fenómenos es muy aventurado. Para empezar, solo tenemos impresiones y ningún dato contrastado. Las impresiones, ya saben, son el material que sustenta a esa actividad humana que, a su vez, sustenta la convivencia: me estoy refiriendo a la cháchara. Así que, sustentándome en impresiones, yo diría que el ejercicio de la compasión es como un alivio de la mala conciencia por haber sido favorecido en el reparto que hacen los dioses entre los hombres. En la literatura clásica, de Heródoto en adelante, hay mil insinuaciones al respecto.
En cualquier caso, gracias a la compasión, o a la filantropía, que es una forma de compasión, las sociedades, no solo no estallan, sino que ganan en libertad: el compasivo, o el filántropo nunca piden papeles a aquellos que favorecen; por el contrario, aunque no lo expresen, les dan las gracias por haberles dado la oportunidad de favorecerles, porque, como digo, el dar alivia la mala conciencia, más o menos consciente según sea su origen... en esto, pienso, se equivocaba Nietzsche.
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