viernes, 15 de noviembre de 2024

Pozo de hipocondría

La peor enfermedad de todas es estar todo el día pensando en la enfermedad, que es, exactamente, lo que los gobiernos, por un lado, y los médicos y compañías farmacéuticas, por otro, quieren que hagas. Aunque por razones diferentes, los unos y los otros ponen todo su empeño en que no se te vaya de la cabeza la idea no solo de que puedes enfermar sino de puedes estar en los estadios iniciales de una enfermedad que si la coges a tiempo te puedes salvar. 

Desde que se empezó a teorizar sobre el Estado socialdemócrata se hizo énfasis en la importancia del concepto "salud pública", es decir el dar al Estado el poder de entrar a saco en lo más íntimo que tienen las personas que no es otra cosa que preservar la propia vida. Es la filosofía tan popular del pastor que cuida de sus ovejas. El pastor, con sus perros, siempre avizor para que no te desmadres. El miedo guarda la viña, que le dicen. Ya les he contado, que, en lo que va de año, por lo menos cinco veces las autoridades locales han llenado de paneles con temas alusivos a la enfermedad el paseo más concurrido de la ciudad. ¡Que nunca se te olvide que estamos vigilantes! Incluso cuando sales a pasear te mantenemos el miedo vivo, no vaya a ser que te vayas a sentir libre y se empiece a joder todo el invento. 

Claro, un Estado pastor necesita miríadas de perros para que las ovejitas nunca dejen de escuchar los ladridos. Por eso lo primero que hizo Franco cuando empezó a montar el Estado socialdemócrata fue poner una facultad de medicina debajo de cada piedra. La producción industrial de médicos -de ínfima calidad, por cierto- fue pieza clave de todo el tinglado. Cuando los ladridos no cesan, la gente no puede hablar de otra cosa que de perros. Así es que abres YouTube y la mitad de los vídeos están dedicados a temas de salud; la mayoría de ellos, a propósito del cáncer de lo que sea que te está acechando. Es comprensible, porque de algo tienen que vivir los perros; ellos, los pobres, que ni siquiera se dan cuenta de que son perros. 

Así es que corre el mundo, sumido en un pozo de hipocondría del que en apariencia no hay forma de escapar. Pero no se engañen, porque solo es en apariencia. En realidad, para escapar no se necesita otra cosa que aquello que le decía Critilo a Andrenio, esto es, dar con el portillo del caer en la cuenta y saltar por él. Ya ven qué fácil. 

Me acuerdo que mi padre, que era un médico de aquellos a los que Hipócrates nunca se les iba de la cabeza, decía que si le hubieran permitido prescindir de media docena de familias no hubiese tenido nada que hacer porque el resto del pueblo nunca solicitaba sus servicios: la gente le pagaba la iguala porque eran temerosos de Dios y ahí se acababan todas sus preocupaciones; vivían su vida normal y enfermaban de viejos para morir. Sin alharacas. Y no es que aquello fuese la Edad de Oro, pero por comparación a esta de ahora... ¡díganme ustedes! ¡Pero si hasta el río estaba lleno de truchas! ¿A quién se le hubiese ocurrido pensar entonces que de allí a poco iban a desaparecer?

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