El número 6174 es conocido como la constante de Kaprekar. Yo no sé si esa constante sirve para algo práctico, pero desde luego que sí sirve para maravillarse de lo que es capaz de descubrir la mente humana cuando se pone a maquinar. No les voy a decir en qué consiste esa constante porque eso es lo de menos y, además, si alguien tiene interés en saberlo solo tiene que googlear Constante de Kaprekar y de inmediato aparecerán mil artículos explicándola -hasta un niño la puede entender-. La cuestión aquí es que a un tipo le gusta pasar el tiempo jugando con los números. Él vive de enseñar matemáticas a los chavales, pero sus ocios los gasta, como digo, jugando con los números. Supongo que la gente a su alrededor le tomaría por loco; pasarse la vida llenando cuadernos con números que a nadie, salvo a él, le dicen nada. De vez en cuando hace el hallazgo de una curiosidad irrelevante que a duras penas da para un artículo que leerán cuatro gatos tan locos como él. Es un pequeño éxito, una trascendencia minúscula que, sin embargo, le proporciona la satisfacción que es el necesario combustible para seguir en la brecha. Hasta que un día descubre las propiedades del 6174 y se cae de culo. Es algo como demoníaco. Sabe que su vida en adelante ya no será la misma. Su hallazgo será intrascendente, si es que así se puede calificar a algo bello, pero él ya está trascendido por los siglos de los siglos. Y es que la contemplación de la belleza es lo que más nos acerca al paraíso una vez que tenemos las necesidades primarias cubiertas. Es el placer estético, que le dicen, una de las sensaciones que más nos identifican con los dioses tal y como les suponemos.
En mis momentos más inocentes me pongo a pensar que la evolución natural de la humanidad es la de, cada vez más, entretener los ocios con juegos del espíritu. Juegos del espíritu progresivamente sofisticados. Siempre en busca de la belleza en sus infinitas maneras de manifestarse. Desde luego que no se me escapa que nos queda mucho camino por recorrer para alcanzar la tierra prometida... si es que eso existe más allá de una impresión fugaz.
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