Le pregunta un joven inocente a Anxo Bastos si, acaso, la democracia se ha degradado. Anxo le devuelve la pregunta: ¿degradado de qué? ¿Cuándo estuvo bien? Los seres humanos, añade, siempre estamos con lo de la Edad de Oro.
Lo de la Edad de Oro es paradigmático. No hay viejo que no se consuele pensando que cuando él era joven las cosas eran mucho mejor. Los jóvenes respetaban a los mayores y cosas así. El caso es convencerse de que todo está hecho una mierda y que, por tanto, no hay motivo para entristecerse por tenerse que ir. Esta forma de razonar que les digo, cualquiera lo habrá observado, incluso en uno mismo a nada que se baja la guardia. Y es que no es más que otro de entre los múltiples mecanismos que la naturaleza tiene para hacernos llevadero el tránsito por este valle de lágrimas.
Llevamos cuarenta y tantos años de democracia y, que yo recuerde, los partidos en la oposición nunca dejaron de usar grandes adjetivos para calificar pequeñas cosas. Hurtos, prevaricaciones y cosas de esas que en su conjunto es lo que se engloba en el término corrupción. Porque la realidad es que todo lo que transita se corrompe, y nadie escapa a lo de aquella parábola evangélica de la paja en ojo ajeno.
Con todo lo cual no es que esté yo diciendo que todo da igual y que lo mejor es cruzarse de brazos. No, aunque uno tenga una viga en el ojo propio, convine no perder de vista la paja en el ajeno. Y la paja en el ojo de la democracia es de sobra conocida desde la noche de los tiempos. La mitad de las comedias de Aristófanes están dedicadas a hacer mofa de ella. Y lo mismo Aristóteles que Platón, quizá las dos personas más influyentes que han existido, ya nos advirtieron sobre las triquiñuelas que, a la postre, hacen odioso ese sistema político. Y es que la democracia, cuando llega viene cargada de ilusiones de libertad individual. Pero luego resulta que esos tipos, que en teoría hemos elegido para que nos representen, se pasan la vida tocándose las bolas y aburriéndose, y para hacer que hacen algo, se inventan una nueva regulación de cualquier cosa que sea, y ahí es donde está el punto y la madre de todo este malestar que toda democracia que dura acaba por producir, porque cada una de esas regulaciones que van cayendo con persistencia son como el tormento de la gota malaya: cada una es un mordisco a nuestra libertad individual y así es que después de cuarenta y tantos años de mordiscos nos queda de libertad lo que de agua en un cesto.
En fin, me acaba de llegar un mensaje diciendo que Trump ha ganado. Espero que sea para bien si es que ello es posible, porque los estadounidenses llevan tantos años de democracia que ya hasta los huesos tienen roídos por los mordiscos de los legisladores.
Qué maravillosa reflexión, ché
ResponderEliminarGracias, Nacho
ResponderEliminar