jueves, 28 de noviembre de 2024

El Príncipe

Uno de los temas más recurrentes en la literatura universal es el de dar consejos al rey sobre la mejor manera de educar al príncipe. Dado que, a efectos prácticos, cada padre es un rey y cada hijo un príncipe, no solo es que haya hecho correr tinta, es que ha sido, es y seguirá siendo, motivo del sesudo babardeo de todos los aspirantes a consejero áulico que, no nos engañemos, venimos a ser todos los que hemos leído dos libros a los que, acaso, no teníamos derecho. Cómo educar a los hijos es, o debiera ser, preocupación central de los padres, ya que, no solo es cuestión de la natural ambición de querer verlos superar el statu quo familiar, es, también, el temor de verlos fracasar en la vida con el consecuente sentimiento de culpabilidad que ello ocasiona por más que se trate de disimular. 

Por otra parte, con los hijos ya emancipados, en mejores o peores condiciones que las propias, en ese inevitable sentimiento de frustración que a todos nos acompaña en las horas bajas, solemos dar en pensar que, si hubiésemos recibido otra educación mejor que la recibida, nuestro presente sería más boyante. Son los típicos consuelos que nos ofrece el autoengaño, porque lo más probable es que la educación recibida no se supo aprovechar por falta de cacumen o lo que fuera. Sin embargo, eso no quita para que lucubremos sobre lo que hubiera podido ser si te hubieran dejado organizarla con los conocimientos que ahora tienes... que crees que son muchos: has leído a Platón, a todos aquellos pedagogos de los años progres, a Feynman después y, para culminar, has escuchado los vídeos de Elon Musk, ese desalmado explotador de extrema derecha. Ya te las sabes todas. 

Pues bien, yo también puedo decir la mía. Lo primero, me educaría en casa con profesores particulares. Uno de música, otro de matemáticas y otro de lengua. No se necesita más. Bueno, sí, una biblioteca para consultar. Y lo de socializar, que le dicen, me lo paso por el forro. Cualquier niño normal socializa, cualquier cosa que eso sea, con todo lo que le rodea. Y si se da la circunstancia de que su abuelo le lleva todos los domingos a la sinagoga a escuchar los rollos que se echan allí los concurrentes, ya, ni te digo. Y no hay más que se pueda hacer. Y el que diga lo contrario es que tiene el cerebro lavado por la ideología imperante, que no es otra que el confundir la erudición con la sabiduría, O, como decía Pessoa, confundir la erudición del conocimiento con la erudición de la sensibilidad... esto lo dejamos para otro día. 

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