La riqueza de El Quijote es casi tan infinita como la de la Biblia. No hay cuestión de las que por los siglos de los siglos abrumaron al ser humano que no sea tratada en él. Yo diría que El Quijote es como El Criticón de Gracián, un exhaustivo tratado de la condición humana, pero desde la perspectiva de un hombre de acción. Cervantes, para reflexionar tiene que meterse en la piel de un hombre de acción que es lo que ha sido él toda su vida. Gracián, sin embargo, lo hace desde la perspectiva de un hombre de confesionario, es decir, que sus experiencias no son propias, sino por delegación. Hay una gran diferencia que se sustancia, sobre todo, en el sentido del humor. La acción, si algo enseña, eso es aprender a reírse de uno mismo.
Dice Cervantes que, si le diesen a escoger, mil veces elegiría el haber perdido la mano a cambio de haber podido estar presente en la más alta ocasión que conocieron los siglos. Y muchas de las historias que intercala entre aventura y aventura de Don Quijote están basadas en sus propias experiencias de cuando de joven anduvo por la Berbería pasándolas canutas y salvándose por los pelos. Es un hombre que sabe lo que vale un peine y dar a las cosas de este mundo su verdadera importancia. Al respecto, nos deja meridianamente claro que la espada aventaja a la pluma, opinión, ésta, que cuestiona todo el montaje ideológico buenista que se ha venido construyendo desde que hace dos mil años un judío se subió a una peña y empezó a cantar alabanzas a los corderos. Lo de usar la pluma para decir lo que quieres, está muy bien, sí, desde luego, pero eso nunca lo podrías hacer si antes no te hubiese ganado ese derecho con la espada.
Don Quijote es un hombre de letras que ha caído en la cuenta de que por ese camino solo se llega a la nada. Por eso decide agarrar la espada que es con lo único que se puede combatir a los gigantes que impiden la concordia entre los seres humanos. Esos gigantes que son producto del encantamiento. Por eso siempre se pierde contra ellos; pero no importa, el caso es que sepan que hay por ahí gente dispuesta a combatirlos. Algún día, quizá, serán sometidos; sin esa esperanza, apaga y vámonos.
Siendo así las cosas, ¿a quién pudiera extrañar esta relegación a la que ha sido sometido El Quijote en estos tiempos mierdosos del marxismo cultural? Un libro que es una pura incitación a coger la espada. Un precursor del Manifiesto Libertario de Murray Rothbard. ¿Qué vida es ésta si no vamos por ahí blandiendo El Quijote en una mano y en la otra una espada? O la Biblia y el fusil, que también sirven como metáfora. Por favor, ¡despierten de una vez y pónganse a combatir gigantes!
