miércoles, 7 de mayo de 2025

La impertinencia

Estábamos esta mañana con la cosa de los sumerios. Un pueblo curioso que, venido probablemente del oriente, se estableció en el sur de Mesopotamia y allí resistió más de dos mil años. El caso es que, un día, excavando en lo que habría sido una de sus ciudades estado, los arqueólogos se encontraron con un montón de tablillas con escritura cuneiforme. Unas treinta mil. Por lo visto formaban parte de la biblioteca que había mandado fundar Asurbanipal, un rey muy poderoso que hubo por allí. Del desciframiento de esas tablillas y otras muchas que se han encontrado por allí, se ha podido saber que tenían un grado de desarrollo sorprendente. Como los egipcios, con los que, por cierto, firmaron el primer tratado de paz del que la historia tiene conocimiento. En definitiva, ellos y los egipcios fueron los hombros sobre los que se auparon, sin ir más lejos, los griegos, que blasonan de haberlo inventado todo y, a la postre, quizá lo único realmente suyo sea ese engendro que llaman democracia. Geometría, leyes, literatura, de todo hay en esas tablillas. Pues bien, no nos engañemos al respecto: también los sumerios tuvieron que auparse sobre otros hombros para conseguir lo que consiguieron. Y así para atrás, la historia es el cuento de nunca acabar. 

El caso es que ayer estuve entreteniéndome un buen rato con la lectura de El Curioso Impertinente, una novela que Cervantes mete de matute en medio de el Quijote. Le han criticado mucho por ello, lo cual que, como quien oye llover. Siempre hay gente que está esperando la más mínima para ponerse a denigrar al prójimo; es una forma de tratar de afianzarse tan estúpida como cualquier otra de las que no exigen esfuerzo alguno. Sea como sea, a mí esa novela me parece una joya. ¿Hasta dónde nos tiene que llevar la curiosidad? Supongo que hasta donde empiece a ser impertinente. No nos vaya a pasar como a aquel que quería saber lo que era el sol y se puso a mirarle, de resultas de lo cual se quedó ciego. Algo parecido a lo que le pasó a Anselmo, el protagonista principal de la novela que arrastró en la ceguera a todos los que le rodeaban. 

También Cervantes se aupó sobre hombros para imaginar el argumento de esa novela. Dicen que se inspiró en un personaje del Orlando Furioso de Ariosto. Yo el Orlando no lo he leído porque he escuchado muchas veces que si no lo haces en su lengua original no merece la pena. Sin embargo, encuentro en El Curioso muchas concomitancias con la historia que nos cuenta Heródoto de Candaules y Gigues, un rey y su amigo que acabaron fatal por haberse metido por medio una mujer.  Una historia viejísima que se reitera sin parar sin que por ello aprendamos por la sencilla razón de que no puede ser y además es imposible. Tira más pelo de coño que carreta de bueyes y, además, ellas lo saben.

En definitiva, que conviene resignarse a que sean los dioses los que lo saben todo. De lo contrario, podríamos ser castigados por impertinentes. 

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