martes, 27 de mayo de 2025

Vencer y convencer

Venceréis, pero no convenceréis, dicen que dijo Unamuno en aquel famoso rifirrafe que tuvo con Millán Astray en el paraninfo de la universidad de Salamanca. Nunca sabremos lo que todo eso tiene de verdad y lo que tiene de leyenda urbana. Corren por ahí muchas teorías al respecto. 

Vencer y convencer son dos conceptos cuya clara diferenciación siempre ha atraído la atención de los intelectuales. Cervantes le dedica unas cuantas páginas cuando Don Quijote, en el episodio de la venta,  deja a todos pasmados con su disertación sobre las armas y las letras. Porque ese es el asunto, que se vence con las armas, pero se convence con las letras. Don Quijote lo tiene claro, y por eso insiste en la importancia que tiene el que el caballero andante no solo tenga fuerza en el brazo sino, también, en el entendimiento. El uno para vencer y el otro para convencer. 

Andábamos estos días lucubrando a propósito de estos temas: el relato, concluíamos, es la clave, O sea, las letras. El que consigue imponer su relato es el que a la postre vence. Y en este orden de cosas es el que se me revuelvan las tripas cuanto mi vista cae, por poner un ejemplo, sobre esa imagen icónica del Che Guevara. ¿Cómo consiguieron convencerme de que ese ser despreciable a todos los efectos era un tío guay, faro y guía de nuestros anhelos? Pues cómo va a ser, con un relato bien montado... es decir, a la medida de los deseos infantiles de la inmensa mayoría de los mortales: conseguirlo todo con la varita mágica: sin esfuerzo y, para redondear, sin temor de Dios, porque Dios no existe. 

Ayer andaba por un centro comercial de esos en los que cada dos por tres te asalta un joven guapo y muy simpático para proponerte una ganga. Quería el tipo que cambiase mi contrato telefónico por otro mucho más ventajoso para mí, no por nada, sino porque por dos perras más de lo que en la actualidad estoy pagando podría disfrutar de los relatos de Netflix. Por vacilar, le dije al chaval que yo prefería otros relatos que me parecen infinitamente mejores. ¿Cuáles son mejores?, me dijo con un mirada entre socarrona y escéptica. Entonces abrí la mochila y le enseñé El Quijote. Sí, me dijo, he oído hablar de ese libro; creo que es muy famoso. 

Y en esas estamos: el relato que propone Netflix atrae mil veces más que el que propone Cervantes. Es mucho más atractivo resolver los problemas con la varita mágica de Harry Potter que no recibir batacazos a cambio de resultados inciertos. Así todo, Netflix pasará en cuadro días y Don Quijote permanecerá por los siglos. Pero las cosas son como son y, como se suele decir, después de burro muerto, la cebada al rabo. Para que nos vamos a ocupar del más allá si nos han asegurado que Dios no existe. 

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