jueves, 15 de mayo de 2025

Vanidad

Eso que llaman inteligencia emocional supongo que debe ser ponerse a tocar la guitarra delante de un auditorio y tocarla exactamente igual que cuando estás a solas en tu gabinete. Es decir, que para nada te afecte el entorno. O, si mejor quieren, tener el completo control de tus emociones. De ser así, la mía debe ser cero patatero. Y de ahí, quizá, esta tendencia irreprimible a aislarme del mundo que me fue ganando a medida que los años se me iban echando encima. Es una condición humana que, como otra cualquiera, tiene sus ventajas e inconvenientes y el negocio consiste en tener la suficiente inteligencia de la otra para saber aprovecharse de las ventajas. Gracián dice, que todo el mundo tiene su realce rey, es decir, una especial disposición para algo, y que, la gracia del asunto consiste en, por un lado, descubrir ese realce o disposición y, por otro, tener la voluntad o disciplina para cultivarlo. 

Estaba tratando de estos asuntos con un amigo, gran músico él, que me hacía notar su bajada de rendimiento tan pronto se ponía a tocar delante de una cámara. Paco de Lucía, también, por lo visto, padecía de esa bajada de rendimiento cuando se ponía delante de un auditorio; de hecho, decía que nunca había conseguido sentirse satisfecho de cómo había tocado tras acabar un concierto. Claro que, cuando la bajada parte de un nivel sublime, lo que queda es tanto que los profanos ni lo notan, lo cual no quita para que el sufrimiento interior del interprete esté ahí hasta que el reconocimiento de los profanos viene a aliviarle. Es eso que llamamos vanidad, motor indiscutible de muchas grandes consecuciones humanas y, también, de todas las grandes tonterías. 

Así es que, la vanidad, se supone que se alimenta del reconocimiento ajeno. No sé hasta qué punto eso es así, porque existe, sin lugar a muchas dudas, esa satisfacción íntima que produce la conciencia de haber culminado con éxito una tarea complicada. ¿Es que, acaso, esa satisfacción íntima no es también vanidad? En todo caso, vendría a aliviar la frustración que la falta de reconocimiento ajeno pudiera haber producido.

En fin, como ven, todo es pajeo mental tratando de quitar importancia a las propias limitaciones; porque ese es el punto y la madre de todo este negocio, que diría Don Quijote, que es muy difícil asumir las propias limitaciones sin caer en la tentación de hacer mil tonterías con la finalidad de disimularlas sin, por supuesto, conseguirlo. 


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