Es tremendo que el ser humano se niegue a reconocer algo tan sencillo como que nunca podrá estar en posesión de la verdad absoluta. Juraría que detrás de esta tozudez está la razón última de todas las querellas. Sin ir más lejos, todas las que, a lo largo de los siglos, se fundamentaron en el obstinarse los unos en que los seres humanos están predestinados y, los otros, que disponen de libre albedrio. ¡Semejante estupidez! ¿Quién con dos dedos de frente no va a saber que no hay una línea clara que separe lo que hizo por propia decisión y lo que hizo arrastrado por fuerzas telúricas? Es elemental y, sin embargo, ya ven, ahí sigue la humanidad en sus trincheras sin querer ceder un ápice de sus estultas razones.
Claro que, una cosa sería reconocer las fuerzas telúricas que nos arrastran y, otra, cómo gestionarlas para que la vida en sociedad sea posible. Aquí si que no hay que andarse en contemplaciones: el que la hace la paga; ojo por ojo. Al fin y al cabo, todos tenemos esa porción de libre albedrío que justificaría, al menos en parte, el castigo; y la parte de injusticia que en ello pudiera haber se lo achacaremos a la natural imperfección de todas las obras humanas... pretender lo contrario no nos lo perdonaría el cielo.
En resumidas cuentas, que hay lo que hay porque no puede ser de otra manera y, además es imposible. Si todos tenemos un punto de estultos será porque los dioses consideran que es bueno para el normal desarrollo de las cosas... que ya sabemos que les gusta escribir recto con renglones torcidos.
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