jueves, 1 de mayo de 2025

Qué nadie entre aquí

 



Dejada a un lado la música, pocas cosas me calman tanto el espíritu como enfrentarme a un acertijo como el que les muestro en la foto. Parece que te dan pocos datos: el ángulo recto en D y el 7 que es la longitud de la cuerda. Te piden calcular el área del rectángulo verde. La realidad es que hay ahí un montón de datos que una vez descubiertos hacen que el acertijo sea cosa de niños. 
  
Digamos que este acertijo es como una metáfora de la vida: nuestra mirada inexperta a duras penas capta cuatro detalles de lo que tiene delante. Para ver algo más se necesita cultivar el intelecto. Cultivar el intelecto es lo que da enjundia a la vida. Cada cual lo hace a su manera, pero no se dejen engañar por el marxismo cultural: sin sacrificio no hay cultivo que valga. Esa es la dura realidad, que solo el sacrificio ensancha los límites de la mente; esto es algo que seguramente ya sabían los hombres de las cavernas.

Ensanchar los límites de la mente quiere decir hacerse consciente de cuan poco ves por comparación a lo que hay cuando miras algo. Esa conciencia de ceguera es la que salva de la estupidez. 

La conciencia de ceguera es el privilegio de los sabios. Los demás la podemos tener a ratos, pero de inmediato se nos escapa a la primera de cambio que nos queremos afianzar. Entonces empezamos a decir tonterías, una detrás de otra, creyendo que somos dioses. Lo más probable es que el concepto de dios fuese una creación de los primeros sabios para calmar la angustia que les producía  su conciencia de ceguera: imaginar a alguien que viese por ellos y al que poder encomendarse.

En cualquier caso, resolver acertijos geométricos es una gimnasia que se viene recomendando desde la noche de los tiempos. Los Elementos de Euclides, el segundo libro más leído según dicen los entendidos en la materia, es, precisamente, un manual para poder realizar esa gimnasia con método. En resumidas cuentas: ¡que nadie entre aquí si no sabe geometría! 

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