Como ya les he dicho, ando leyendo El Quijote. Hacía casi tres años desde la última vez que lo leí y, a efectos prácticos, es como si hiciese un siglo. Siempre que lo he leído he tenido la sensación de ser la primera vez. Ahora ando por la comedia de enredo que es el episodio de la venta en el que confluyen todos los personajes que ha ido perfilando pacienzudamente a lo largo de trescientas páginas. Son un montón de dramas que tienen una resolución feliz en un espacio de tiempo mínimo. Es una auténtica apoteosis en la que se intercalan elementos chuscos -las putadas que le hacen a Don Quijote, los pícaros que quieren aprovechar la confusión del entusiasmo general para largarse sin pagar- para atemperar el empalago de tanta dicha. El caso es que iba el otro día leyéndolo en el tren y me salté dos estaciones. Este tipo de cosas solo me han pasado cuando en la infancia leía las aventuras de Guillermo Brown. También entonces se me iba el santo al cielo y me olvidaba hasta de comer. Guillermo, en realidad, es un remedo infantil de Don Quijote. Quizá todos los niños lo sean.
Andaba de tertulia no hace mucho y salió a colación Guillermo. Decía uno que se dedica al cine que había estado barajando hacer un guion sacado de los libros de Guillermo, de los que había sido forofo en su infancia. Se había puesto a la tarea y había tenido que desistir a la primera de cambio. Los pequeños quijotes no sirven para estos tiempos de magos triunfadores. Ni los pequeños ni, al parecer, tampoco los grandes. Demasiado realismo para generaciones criadas a los pechos del idealismo marxista. La gente dice que son lecturas muy difíciles. Demasiado intelectuales. En estas estamos.
En resumidas cuentas, que allá cada cual con sus particulares percepciones de la jugada. Porque a la postre lo que cuenta es tener o no tener la sensación de estar perdiéndote algo importante. Y yo no veo que la gente a mi alrededor tenga esa sensación por no leer El Quijote. En todo caso la tienen si no leen lo que está de moda en su círculo de amistades. Lo mismo que si no viajan al sitio del que todos hablan o no frecuentan los ambientes de los que se hacen eco las páginas de sociedad de los medios locales. El mundo es ansí, que decía Baroja.
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