Cuando era niño, de las cosas que más me gustaban era ir a la herrería y que me dejasen dar vueltas a la manivela del fuelle mientras veía como entre Carlos, hijo, con la maza y Juan, padre, con el martillo, iban dando forma a cualquier trozo de hierro, intercalando golpes, recios el uno y finos el otro. También las carpinterías me fascinaban. Había unas cuantas en el pueblo. En realidad, en aquellos tiempos casi todo el mundo sabía hacer algo interesante. La gente tenía oficio. Íbamos al matadero a ver como Pin el Cariñoso daba un golpe certero con la pica en la cerviz del toro y el toro caía despatarrado como un muñeco de trapo. Luego lo descuartizaban con una rapidez y precisión alucinante. O te parabas a contemplar como Juan el Ovejo, tumbado de lado sobre un saco, picaba el dalle; era una música habitual que solía resonar en todo el valle en los atardeceres. Ahora, por lo que me cuentan, en el pueblo solo hay camareros. Muchos de los hijos y los nietos de aquellos artesanos se fueron a la ciudad a ejercer profesiones, desde las más sofisticadas a las más rastreras, pero, ya digo, en el pueblo, solo camareros.
Así es que no me gusta ir por mi pueblo. Pasan años sin que lo pise. Y, cuando lo piso, me embarga la tristeza. Solo hay allí chusma poniéndolo todo muy bonito; es decir, con la idea que tiene la chusma de lo que es bonito. Santillanizándolo todo para que los turistas, la chusma por antonomasia, se quede boquiabierta cuando lo contempla. Lo que le gusta a la chusma es que parezca que todo está acabado, o sea, que, ya, para meterse en el ataúd y cerrar la tapa. Ahora anda encantada con eso de la inteligencia artificial porque cree que se lo va a solucionar todo en dos patadas. A esa pobre gente no se le alcanza que lo único que da sentido a la vida es vencer dificultades.
En fin, no sé a cuento de qué les vengo con este rollo. Quizá me lo ha sugerido el vicio que tengo de pasarme horas mirando en YouTube como trabajan los pocos artesanos que van quedando por el mundo. Suelen ser viejos y mayormente chinos y japoneses. Sobre todo, lo de los carpinteros japoneses es per llogar-hi cadiras, que diría un catalán. No necesitan ni clavos ni colas para conseguir los más sólidos ensamblajes. Es todo puro ingenio geométrico.
Resumiendo, lo que les quiero decir es que los humanos lo somos porque podemos aprender a hacer cosas sofisticadas. Y, a mi entender, tecnología mediante, cada vez hay menos necesidad de esforzarse para aprender a hacer esas cosas, lo cual encoge los espíritus. Y eso es lo que pasa que éste es un mundo de espíritus encogidos... o sea, sin ansias de conquista. Bueno, no sé, porque también hay por ahí gente empeñada en ir a Marte... muy criticada, por cierto.
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