Lo que realmente diferencia al ser humano del resto de los animales es que es el único que tropieza dos veces en la misma piedra. Digo dos y lo mismo podría decir dos mil. Es la contumacia que produce la estulticia. Porque, por falta de conocimiento no es. De hecho, todo lo importante se sabe desde la noche de los tiempos. Pongamos por caso, que el mal siempre viene disfrazado de bien. ¿Cuántas páginas no se habrán escrito para advertirnos de esta realidad incuestionable? Pero como quien oye llover cuando está bajo un techo confortable. ¡Ay el confort, como nos infantiliza!
Estaba ayer por la tarde dedicado a mis ensoñaciones habituales cuando, de pronto, un repique de campanas me sacó de ellas. No tardé en enterarme de que se acababa de elegir una nuevo papa. No alcanzo a comprender la trascendencia real que pueda tener semejante acontecimiento. En cualquier caso, la institución del pontificado se creó pensando en que sería bueno para el funcionamiento del mundo que las cosas de Dios estuviesen separadas de las cosas del césar. Sin duda, a juzgar por la experiencia habida, la idea era tan buena como impracticable.
Impracticable por cuestiones elementales: nadie va a hacer caso al que promete el paraíso en la otra vida si enfrente hay otro que lo promete en ésta. Así es que a los papas no les queda más remedio que jugar a ser césares. Eso del sacrificio está bien, pero no para alcanzar la vida eterna, sino para poder ir de veraneo a Benidorm -ven y duerme-.
En fin, Papas montoneros, lo que la gente pide: promesas de paraíso en esta tierra. Y es que el bien disfrazado de mal es muy duro de tragar... sacrificar a los dioses no vende, luego seamos césares camuflados de papas y ¡a vender ilusiones!
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