miércoles, 12 de noviembre de 2025

Autoeducarse

Del Siglo de Oro español para acá solo he encontrado dos autores que me hayan conmocionado de una manera inextinguible: Pessoa y Thoreau. El Libro del Desasosiego y Walden son para mí como Biblias. Cada vez que los leo tengo la sensación de que en ellos está todo lo que me interesa. 

Yo diría que el motor intelectual de ambos dos autores es el misticismo. El misticismo, pienso, es como una febrícula que mantiene el cerebro en un estado de permanente excitación. Pessoa conseguía esa necesaria febrícula por medio del alcohol. A Thoreau se la proporcionaba la tuberculosis. De hecho, ninguno de los dos llegó a los cincuenta años; la febrícula, sin duda, desgasta más de la cuenta, pero, mientras dura, es una apoteosis del espíritu, sobre todo cuando ese espíritu ha sido cultivado en la juventud con el estudio de los cásicos en sus lenguas originales.

El caso es que estoy en trance de terminar la lectura de Walden. En cierto modo me recuerda mucho al Criticón de Gracián. Sobre todo, en lo de "el realce rey" que todos tenemos, pero muy pocos encuentran y, de los que lo encuentran, muy pocos cultivan. Encontrar cuál es aquello para lo que estás dotado es el gran reto de la vida; Si lo encuentras y lo cultivas estás salvado; de lo contrario te limitas a sobrevivir dejándote arrastrar por las corrientes de moda. 

Y, ¿cómo encontrar ese realce rey? Thoreau lo tiene claro: evitando la educación institucionalizada. Es fundamental autoeducarse. No es una quimera. La caza y la pesca, por ejemplo, son dos de las actividades más pedagógicas que puedan existir. Se practican en medio la naturaleza, por así decirlo, virgen, y exigen del aguzamiento de las dotes de observación. Personalmente, no puedo estar más de acuerdo con esa teoría: me pase los años de la tardía infancia y primera adolescencia dedicado en cuerpo y alma a esas actividades y muchas veces pienso que esa fue la única fuente de conocimiento real que he tenido en la vida. Bueno, Thoreau cuenta que todos los chavales de su pueblo llevaban un fusil al hombro; en el mío, llevábamos un tiragomas de fabricación propia. Por cierto, que, andaba yo por los doce o trece, cuando un amigo de mi padre, conocedor de mis aficiones, y, sin duda, simpatizante con ellas, me regaló una escopeta de un calibre pequeño, pero que para mí era el no va más. El gozo no duró ni un día: todo fue enterarse mis padres y mandarme que fuese a devolverle la escopeta a aquel señor... señor que, por cierto, luego fue un gran prohombre de su región, El Cerrato; en una excursión que hice por allí en bicicleta pude ver que tenía calles dedicadas en varios pueblos... cosas de la vida. 

Pessoa dice que encontrar ese "realce rey" es la gran tarea de la vida que se lleva todo el esfuerzo. Por eso despilfarrar energías enterándose del nombre de los gobernantes, y cosas así, es una tontería mayúscula: hay que ocuparse solo de lo que nos concierne. Y nos conciernen muy pocas cosas. Profundizar en ellas es la madre de todas las sensibilidades. 

En fin, vamos a ver en qué echamos el día para poder sentir que seguimos en la brecha... sur la brèche, que dicen los franceses. 

2 comentarios:

  1. Yo pesqué mucho con mi padre. Truchas , con las botas de agua atadas hasta el pecho. Había que estar en forma, no era moco de pavo, andarse por esos fangos, con la mutriaca corriéndote por las piernas. Actividades de "verdad". Como las llamaba mi padre. Por ahí iban los tiros

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  2. La pesca de la trucha ha sido la adicción más potente que he tenido en la vida. Y he tenido unas cuantas. Las he pescado de todas las formas. Con caña de lanzar, cucharilla, mosca; caña larga con cebo natural... pero lo más excitante era pillarlas a mano, y, al ser posible, buceando. Luego ya, pasada la adolescencia, se fue apagando la afición al ser sustituida por la de las faldas, que era otro tipo de pesca. De todas formas, todas aquellas andanzas infantiles las dejé más o menos reflejadas en A la Sombra de la Peña Pelada.

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