Mi padre era médico de pueblo. Decir médico de pueblo era un poco peyorativo, porque se suponía que los médicos buenos estaban en la capital a la que se acudía cuando el médico de pueblo veía sobrepasadas sus posibilidades de actuación. Sin embargo, la gente de los pueblos, por lo general, veneraba a sus médicos porque sabían que siempre estaban allí para cualquier cosa que le necesitasen. Esa veneración que les digo se podía comprobar en cómo estaba la despensa de cualquier casa de médico rural. Sobre todo, por las navidades era una avalancha de regalos de todo lo mejor que produce el campo. Era rara la familia que al hacer la matanza no apartase una porción de lo más cotizado del cerdo para llevárselo al médico. "La muestra del bicho", le decían. Por tales costumbres fue que me criase bastante regalado en aquellos años de la postguerra en los que la gente, sobre todo la de las ciudades, las pasaba bastante canutas para alimentarse.
En casa sonaba el timbre a cualquier hora. Si no era urgente, mi padre apuntaba el nombre en una libreta y se pasaba por el domicilio del paciente en el día. Si era urgente, salía pitando. Acudía a la cabecera del enfermo, que por eso a este tipo de médicos también se les conocía como médicos de cabecera. Entre el médico de cabecera y sus clientes había un contrato tácito, es decir, que no necesitaba papeles ni firmas. Cualquiera venía a casa a apuntarse para pagar la iguala trimestral y ya estaban cumplidos todos los trámites. Se sabía que, aparte de la iguala, había que pagar ciertos extraordinarios, como la pequeña cirugía y, sobre todo, para evitar abusos, las visitas nocturnas. Mi padre tenía un cobrador que pasaba por las casas cada tres meses y la gente por lo general pagaba sin rechistar y si alguno no lo hacía era porque no podía y no necesitaba dar más explicaciones; en cualquier caso, seguía siendo atendido, aunque como en los pueblos todo se sabe, si el moroso gastaba mucho en los bares se le pegaba un toque de atención.
En una de aquellas sesiones clínicas presididas por Jiménez Díaz a las solía asistir de estudiante, le oí decir en cierta ocasión que el paciente que llegaba al hospital sin un diagnóstico del médico de cabecera tenía un 95% de probabilidades de salir del hospital sin ser diagnosticado. Y Jiménez Díaz no era un cualquiera, desde luego, que si alguien hubo en este país que hiciese algo por elevar el nivel de la medicina, ese fue él. Resumiendo, que en esa sentencia del por entonces máximo paladín de la medicina patria está condensada la filosofía de lo que para él era un sistema sanitario digno de tal nombre. El médico de cabecera era la piedra angular sin la cual todo el edificio se viene abajo.
Les he traído todo esto a colación porque ayer leí un artículo del Dr. Vernon Coleman, un prestigioso divulgador científico inglés del que ya les hablé en alguna ocasión, en el que, entre otras cosas, decía:
Health care was doomed the minute GPs (family doctors) decided to stop visiting patients at home, at nights and at weekends. That decision forced sick and worried patients to use hospital emergency services and ambulance services – all of which duly failed. Until or unless GPs start providing a proper 24 hour service, health care will be in terminal decline. The medical establishment and the Government knew exactly what they were doing when they allowed GPs to stop offering a complete, traditional service to their patients.
(El sistema de salud fue hundido en el mismo momento en el que los médicos de cabecera decidieron dejar de visitar a los pacientes en sus domicilios, por las noches y los fines de semana. Esta decisión forzó a los enfermos y preocupados pacientes a usar los servicios de emergencia de los hospitales, así como las ambulancias, todo lo cual, como no podía ser de otra manera, provocó la quiebra de esos servicios. Hasta que los médicos de cabecera vuelvan a prestar su servicio durante las 24 horas del día, el sistema sanitario seguirá empeorando. Las jerarquías médicas y el Gobierno, sabían lo que hacían cuando permitieron que los médicos de cabecera dejasen de ofrecer sus tradicionales servicios a sus pacientes.)
Ya les he contado como fue el desmoronamiento de mi padre. El gobierno del Generalísimo Franco decidió que lo suyo era el comunismo. Por eso les dio a todos los clientes de mi padre una cartilla de la seguridad social que les daba derecho a atención sanitaria gratuita. Gratuita entre comillas, bien sure. Porque entonces fue cuando el Generalísimo empezó a subir los impuestos a toda mecha. El caso es que a mí padre el Generalísimo no le pagaba por asegurado ni la décima parte de lo que era la cuota de la iguala. Afortunadamente la mayoría de la gente siguió pagando la iguala, pero los que no lo hicieron se condenaron a tener que ir al hospital de la ciudad por cualquier chuminada que les sobreviniese a horas intempestivas. A mí padre todo aquello le descompuso, porque, por un lado, los que le seguían pagando ya no era por un contrato libre entre las partes, sino porque le estaban haciendo un favor. Y por otro lado, el no atender a la gente fuera de hora laboral le traía no pocos malos rollos entre los afectados. El único contento con todos estos arreglos comunistas fue el taxista del pueblo que se forró a hacer viajes a la capital.
En fin, coincidiendo con el Dr. Coleman, una cosa les puedo asegurar: si hubiesen seguido existiendo los médicos de cabecera les hubiera sido imposible a los gobiernos montar todo el tinglado de la pandemia. La cosa se hubiera limitado, igual que cuando la gripe del 56, a que los médicos de cabecera en vez de media docena de visitas domiciliarias al día hubiesen tenido que hacer una docena. Así de sencillo.