Remedando a Hamlet, la pregunta sería la siguiente: soy o no soy un vampiro. Hasta que no nos planteemos tan elemental cuestión es imposible que avancemos un ápice en la apolínea aspiración del conocerse a uno mismo. Y es que uno avanza en ese camino, precisamente, por el procedimiento que les está vetado a los vampiros, que no es otro que el de reflejarse en los espejos. Si no nos vemos en el espejo que para nosotros son los otros, lo tenemos chungo. Y no por nada sino porque es muy probable que todo eso que tan aficionados somos a criticar en los demás lo tengamos dentro de nosotros sin que seamos capaces, por esa carencia, de darnos cuenta.
Es un problema psiquiátrico de primera magnitud ya que, al conducir a la autoindulgencia, convierte a la persona en un monstruo: en mayor o menor grado lo que somos todos.
Es que, como les iba contando, ando con la lectura de dos monumentos literarios que me tienen completamente sorbido el seso: Drácula y Casanova. Tal para cual. Dos seductores irresistibles. Dos inteligencias privilegiadas. Dos vampiros, en definitiva. ¡Ah, pero entonces...! ¿En qué quedamos? Porque se supone que la inteligencia sirve sobre todo para saber verse en los múltiples espejos que nos ofrece el cotidiano deambular por la vida.
Así es que no me extraña nada que la siquiatría sea tan comecocos. Porque es imposible recurrir a la lógica para encontrar explicación a las paradojas con las que está construida la mente humana. Por eso supongo que será que, a la postre, se acabe recurriendo a la química para aplanar el electoencefalograma. Muerto el perro...
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