jueves, 15 de junio de 2023

Los resortes de la historia

Ya lo dijo Tucídides, que los resortes de la historia son inaprensibles. Nadie, no importa cuán poderoso sea, tiene poder para encauzarla en el sentido que desea. Podrá parecer durante unos momentos que lo está consiguiendo, pero en cuatro patadas, todo se le viene abajo y la historia se larga por sus fueros. Así que son inútiles de todo punto los esfuerzos de unos y otros por salirse con la suya. En última instancia, solo y necesariamente puede ser lo que Dios quiera, es decir, lo que nadie puede prever.  

Pongamos por caso lo que se conoce como superpoblación mundial. Para algunos, a los que se supone que son poderosos, es la madre de todos los problemas que tiene que resolver la humanidad para salvarse. Y entonces van y se ponen a tomar tal o cual medida para solucionarlo. ¡Non sense! No conseguirán otra cosa que empeorarlo todo. Si tuviesen dos dedos de frente, o hubiesen leído a los clásicos, sin ir más lejos, sabrían que si la naturaleza, llamémosla Dios, si quieren, considerase que hay superpoblación ya se encargará de corregir el problema por sus propios medios, que los tiene a patadas. 

Estoy terminando la novela Drácula de Bram Stoker. Pocas novelas habrá con tanto potencial simbólico. La prueba es que nunca se cansa el arte de recrear ese mito. Drácula es el mal absoluto que, por definición, no puede ser de otra manera que escurridizo. Y de ahí la angustia que produce en los pocos que son conscientes de su existencia. O que están despiertos, por usar una terminología muy querida por los que recientemente fueron tachados de negacionistas. Negacionista es para el mal dominante el que no se deja seducir por sus sibilinas estratagemas. Porque esa su principal herramienta, el arte de la seducción. Seducir es adormilar. O anular todas las barreras defensivas. El adormilado se tumba para dar facilidades al vampiro. No, dice, cuando alguien le cuestiona, yo es que tomo todas estas pastillas porque las necesito; me las ha recetado el médico... o sea, el mal absoluto que es, precisamente, el que va camuflado de bien absoluto. 

Pero, tampoco hay que desesperar, porque la naturaleza tiende al equilibrio: donde pone el mal crea al héroe para contrarrestarle. Por eso la historia es un cuento de malvados y héroes que nunca se acaba porque nunca hay victorias totales ni de uno del otro y, eso, por más que nos quieran convencer de que Sant Jordi consiguió matar al dragón... el más tonto de todos los mitos que, no por otro motivo es que tenga tanto éxito allí en donde la gente está más dormida. En fin. 

Bueno, mandangas aparte, me voy a poner con Libertango que ya la tengo bastante adelantada. ¡Y mira que es difícil! Para mí, quiero decir. 


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