Lo más sorprendente de esta novedad que nos ha traído la contemporaneidad y que se conoce como redes sociales, es la posibilidad que se nos brinda de entrar en contacto con seres superdotados. Que no son ni uno ni dos, sino multitud de ellos y, cada cual, con su realce rey, que diría Gracián, maravillosamente elaborado. Sí, los dioses les dotaron de ese realce y, ellos, en agradecimiento, lo trabajaron con entusiasmo.
Esta mañana me he topado con que Juan, el de Matemáticas con Juan, al que suelo seguir con asiduidad, da unas clases de ruso de lo más divertidas. Ya ven, el hombre, no solo domina las ciencias exactas sino que también está dotado para los idiomas, porque no debe ser el ruso la única lengua extranjera que domina ya que en su clase de hoy hace comparaciones con la estructura verbal de otras lenguas.
Y lo mejor de todo esto es la cantidad de gente que se aprovecha de este regalo que, la tecnología mediante, se nos ofrece. Porque en el mundo habrá mucho pobre desgraciado que se pasa la vida bavardeando en el bar o contemplando programas televisivos de entretenimiento, pero también hay millones que se dedican a buscar el conocimiento allí donde se le pueda obtener. No hay más que fijarse en las visitas que tienen todos estos tutoriales, ya sean de matemáticas, ya de música o de cualquiera de las mil materias que precisan del esfuerzo intelectual para su comprensión.
Porque esa es la cuestión que marca la diferencia: el esfuerzo intelectual. ¿O es que acaso ustedes creen que hay alguna otra cosa que nos pueda diferenciar de los otros animales? Sí, es esa voluntad de diferenciación la que nos hace humanos y, a la postre, la que nos mantiene vivos.
En fin, el caso es que ayer rematé la partitura de Libertango. Ahora me queda la trabajosa tarea de pulirla hasta conseguir que me suene. Bueno, como no tengo otra cosa mejor que hacer...
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