El protagonista de "El viaje al fin de la noche", después de pasar un día en el campo entre el silbido de las balas y el estruendo de los obuses, llega a la conclusión de que el campo es horroroso y que a él no le van a pescar una vez más por allí. A mí me pasó igual ayer respecto de la playa. Ya en la barca, se me puso al lado una señora muy vestida para la ocasión sin que le faltase, por supuesto, el perrito de los cojones que, primero, estuvo dando el coñazo entre las piernas de los pasajeros y, después, ante cierto número de miradas hostiles, la señora puso al perrito en sus brazos y se pasó el resto de la travesía dándole besos en el hocico. Afortunadamente, toda la cosa en su conjunto no duró más de un cuarto de hora.
Luego, ya en la playa, soplaba un nordeste cabroncete que hacía el paseo cualquier cosa menos agradable. Pero es que, además, estaba aquello de cachivaches que no cabía uno más. Me pregunto por qué será que los humanos necesitamos acarrear tantas cosas para estar entretenidos. Con lo fácil que sería promover la cultura del simple tocarse las bolas con la música de fondo de las olas al romper o la de las hojas de los árboles acariciadas por el viento. Pero claro, supongo que para conseguir el necesario estado de ánimo para practicar tal deporte, primero sería necesario haber llevado a cabo algún tipo de trabajo que hubiese dejado el cuerpo y el espíritu predispuesto para el ocio. Pero, como casi nunca es el caso, la única solución que nos da esta llamada civilización es convertir el ocio en trabajo en busca de un cierto cansancio que facilite el sueño nocturno.
En resumidas cuentas, que más que playa, aquello, parece una factoría. Y, luego, ya de vuelta, las cuatro señoras que venían en la barca estuvieron todo el viaje dedicadas a intercambiar opiniones sobre las diferentes razas de perros. Como es preceptivo en las gentes de bajos coeficientes intelectuales, aquellas lirios, que así llamábamos antaño en Santander a las mujeres con poco atractivo, no dejaban de estar todas ellas llenas de pequeñas preferencias. Se lo saben todo sobre nada. En resumidas cuentas, que a duras penas me pude concentrar en lo de Casanova que es que el tipo ve una mujer que está buena y es como si le hubiesen puesto una guindilla en el culo. Ya ven, tan inteligente como es para todo lo demás, pero para lo de las mujeres... ¡ay, las mujeres! ¡El puto narcisismo que no deja vivir a los inmaduros!
En fin, sea lo que sea, yo ya no estoy para playas. Y menos para mujeres.
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