viernes, 2 de junio de 2023

Animales

Como les iba diciendo, nada hay nuevo bajo el cielo. Me refiero a nada que tenga que ver con la condición humana. En concreto, quiero referirme hoy a la relación que mantenemos con los animales. Como todas las cosas de este mundo también esa relación es tornadiza. Lo que hay hoy nada tiene que ver con cuando era niño, casi un siglo para atrás. Los animales, entonces, se querían mientras servían. Nunca se mantenían por el simple afecto hacia ellos. En cuanto dejaban de cumplir su función, ya fuese cazar ratones, ya fuese arrastrar el arado, se hacían filetes con ellos y al coleto se ha dicho. Había por las calles de la ciudad unos señores llamados laceros que perro suelto que pillaban lo cogían y lo llevaban al matadero en donde hacían chorizos con ellos que, luego, merendábamos los niños que vivíamos a pupilaje. Porque era el chorizo más barato. Poco después, estudiante ya en Valladolid, alquilé una habitación en casa de Marialuisa, una señora que tenía un perro al que llamaba Tomasín. Tomasín era un coñazo que no paraba de ladrar, así que echábamos a suertes entre los que allí vivíamos a ver a quién le tocaba ir a darle una patada en los hocicos. Marialuisa había hecho de Tomasín el hijo que nunca tuvo. Lo vestía igual que a un bebé y lo acostaba en un serón y lo mecía. Era un ratonero que de tanto comer arroz con pollo se había puesto como una bola. Todo ello, por estrafalario nos daba para muchos comentarios, sobre todo por lo del arroz que tan bien nos hubiese venido a nosotros para matar el hambre que nunca cesaba. 

Hoy día, lo de Marialuisa es lo que se lleva. Últimamente se ha puesto de moda llevar a esos perritos asquerosos que no dejan de ladrar en cochecitos de niño. E, incluso, hay casas de moda para perros y demás animales que se dejan manosear. Da risa ver como perifollan a algunos para que llamen la atención. Por lo demás, Dios te libre de hacer algún comentario desafortunado sobre las cagadas y meadas que jalonan el territorio urbano. Se diría que son néctar y algalia... en fin, qué quieren que les diga que no sepan ustedes. 

Les traigo todo esto a colación porque, estando ayer con lo de Heródoto, vine a caer sobre lo que cuenta de los egipcios en lo que hace a su relación con los animales. Y no vean como era aquello; lo de hoy entre nosotros, tortas y pan pintado. Allí eran sagrados en la misma medida que entre nosotros lo es la sagrada hostia. El que mataba un animal duraba menos que un caramelo a la puerta de un colegio. Y no les podía alimentar cualquiera; lo hacía gente que había sido purificada por los curas de la época para conseguir el carné de alimentador de una especie determinada. Cuando a una familia se le moría el gato, se tenían que afeitar las cejas todos, luego llevar el cadáver del gato a embalsamar, meterlo en un féretro consagrado y mandarlo a la ciudad de Bubastis, único lugar en el que estaba permitido enterrarlos. La torta, un pan, en definitiva. Me imagino que sería cosa de ricos. Con los perros, igual, excepto que en vez de las cejas había que afeitarse todo el cuerpo. Un delirio, en definitiva, dirán ustedes.

De todo esto que les cuento, lo que me parece sumamente interesante y digno, como pocas cosas, de estudio, es el proceso que lleva a las sociedades a tal tipo de costumbres, digamos que estrafalarias, cuando no, suicidas. Porque los animales, se mire como se mire, son sobre todo comida. Cuando vienen mal dadas, lo primero que desaparecen de las ciudades son las mascotas. La historia tiene miles de ejemplos que lo confirman. Y esa es la cuestión, ¿cómo es que pasan esos animales de ser simple comida a convertirse en los reyes de la creación? No voy a entrar en consideraciones porque se me ocurren tantas que sería el cuento de nunca acabar, pero, desde luego que no es algo que me parezca tranquilizador como mero síntoma de un trastorno de las leyes naturales. En fin, entre unas cosas y otras, aquella civilización egipcia se fue al carajo. ¿Qué pasará con la nuestra? Pues lo mismo, pueden apostar por ello.  

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