miércoles, 14 de junio de 2023

Almas cándidas

Anoche estuvimos mirando un rato la película Nosferatu del director Murnau que se estrenó en aquella Alemania convulsa de los años veinte del siglo pasado. Ya saben que a aquellos años se les conoció después como los "locos años veinte". O sea, unos años en los que nadie se cortaba: lo mismo se invadían naciones que se suprimía toda jerarquía en la música que, lo más sorprendente de todo, se les subía a las mujeres la falda por encima de las rodillas. Aquello era el despelote generalizado, lo cual, como es preceptivo en semejantes circunstancias, hizo que el mundo se llenase a la caída de la noche de bailes de vampiros. Se solían celebrar en unos lugares que llamaban cabarets en los cuales las condiciones ambientales -música, luz, promiscuidad-propiciaban el desempeño de las fantasías del inconsciente. 

Nosferatu, la primera de las innumerables versiones cinematográficas del Drácula de Bram Stoker, es eso, fantasías del inconsciente: tener poderes sobrenaturales para apoderarse de la vida de nuestros congéneres. Comprendo que es algo terrible para quien es incapaz de reconocerse en las propias debilidades. Y no por otra causa es que Nosferatu, y todas sus secuelas, produzcan un sentimiento de repulsión en quienes no se detuvieron a considerarse tal y como son sin por ello dejar de sentirse humanos. 

Desde luego que no es por casualidad que este personaje de Drácula, Nosferatu, o como le quieran llamar, apareciese en el mundo cuando florecían con fuerza arrolladora las ideologías socialistas. Porque, ¿qué es un socialista sino un vampiro que, so capa de bondadoso corazón, se quiere apoderar de la vida de los demás? Desde luego que son sorprendentes los malabarismos mentales de los que somos capaces los seres humanos para camuflar bajo ropajes piadosos nuestras más bajas pasiones.

En fin, el caso es que a mí ver Nosferatu me da risa. Me imagino lo bien que se lo tuvieron que pasar los realizadores de la película creando cada una de las escenas, los decorados, las caracterizaciones... pensando siempre en el terror psicológico de las almas cándidas, que es que hay que ver hasta qué punto está el mundo lleno de ellas. Lo cual no quita para que la candidez, como ya apuntó el clásico, tenga una tendencia irreprimible a coger el tocino cuando mira la berza. 

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