domingo, 11 de junio de 2023

Sinuhé

Recuerdo la impresión que me produjo la lectura de Shinuhé el Egipcio del escritor filandés Mika Waltari. Te situaba en una sociedad compleja en donde el papel del médico venía a ser más o menos el mismo que desempeñaba mi padre varios milenios después. Por esa similitud que yo veía quizá fuese que me enganchase tanto porque, por lo demás, que tres mil años para atrás hubiese en algún sitio una sociedad tan desarrollada, aunque con algunas costumbres curiosas, ni fu ni fa. Podía ser más o menos como El Callejón del Cordelero o La Ciudadela, aquellas novelas inglesas de los comienzos del XX en las que la epopeya personal se realizaba por medio de la profesión médica. Porque era eso, una epopeya personal, como la de Sinuhé. 

Ahora, como ando con lo de Heródoto, precisamente por la parte en la se demora en Egipto, no puedo sino maravillarme ante el grado de desarrollo que había alcanzado aquella sociedad si lo juzgamos por la magnitud de las obras públicas realizadas. Obras públicas encaminadas a estabilizar la producción de alimentos que, a la postre, es lo que permite evolucionar hacia el conocimiento de las leyes de la naturaleza, y no por nada, sino porque la abundancia de alimentos crea, por medio del comercio, una clase social acomodada cuyos hijos se suelen dedicar al estudio. Así, Heródoto, yendo por allí, de monasterio en monasterio, que era donde estaban los ilustrados, se va percatando de todo lo que los egipcios habían aportado a los griegos. Las matemáticas, por ejemplo, que por mucho que la leyenda atribuya a los griegos, es probable que en buena parte la hubiesen aprendido de los egipcios, por no hablar de los mesopotámicos que cuatro mil años antes de Cristo ya conocían el teorema de Pitágoras según demuestran unas tablillas encontradas por allí.

Todas esas historias que nos relata Heródoto, sin duda están muy contaminadas por la leyenda, pero las obras públicas que vio daban un testimonio inequívoco de que allí había habido algo muy grande. Porque, además, es un periodo que se mide por miles de años. Imagínense aquellas sofisticadas obras de ingeniería que garantizaban el riego de inmensas extensiones de tierra: los españoles hemos necesitado esperar tres o cuatro mil años para tener algo similar. 

Al final, llegas a la conclusión de que tres o cuatro mil años en realidad no es más que un suspiro. Una cuestión de perspectiva. Así que, menos lobos, porque nada hay más tonto que pensar que esto de ahora es la repanocha. Que nos hemos convertido en tan listos que somos capaces de ganar tiempo al tiempo y chuminadas por el estilo. Estamos en donde estábamos y todo lo que no sea tener garantizado el condumio, por mucho que tratemos de disimularlo, nos la suda. En fin, qué vida ésta.

No hay comentarios:

Publicar un comentario