Por el siglo VII antes de nuestra era cristiana, estaban los atenienses bastante preocupados con la propensión que mostraba la ciudadanía a matarse los unos a los otros por un quítame allá esas pajas. Mayormente por cuestiones de venganzas familiares que es una cosa que la humanidad todavía no ha conseguido erradicar del todo, sobre todo en las comunidades con mucho arraigo a las tradiciones. Y no hace falta señalar. Así que en esas estaban los atenienses cuando eligieron como arconte a un tipo llamado Dracón. Pues bien, este tal Dracón hizo un código, llamémosle penal, en el que se especificaban las penas en las que incurrirían los que persistiesen en las practicas que no por comunes eran menos detestables. Unas penas, todo hay que decirlo, bastante radicales en cuanto a sus efectos por aquello de que muerto el perro se acabó la rabia. Y de ahí es el que todavía hoy día cuando una ley es muy estricta se la tilde de draconiana.
Como ha pasado siempre, los considerados como innovadores lo son porque se han aupado sobre los hombros de los innovadores que les precedieron. Así fue que Dracón seguramente se aupó sobre los hombros de los egipcios, que era el pueblo más civilizado del momento, para la elaboración de su código. Pues bien, una de las leyes que tomó de los egipcios, y que luego introdujo Solón en su famosa constitución, se la quiero mentar por parecerme sumamente interesante. En Egipto, y luego en Atenas, los ciudadanos tenían la obligación de contarle al jefe de su comunidad de qué habían vivido durante el último año. Si el ciudadano no tenía una explicación creíble le daban matarile que es como en argot se dice a quitar la vida.
Ya ven que forma más sencilla de acabar, por lo menos en parte, con los chorizos. Porque, claro, me imagino la irresistible propensión de los jefes de la comunidad a corromperse. No mire usted, yo vivo de vender droga, pero si usted pone en el informe que es de la pequeña tienda que tengo de tapadera, le regalo un BMW y todos salimos ganado. Y así es como corre el mundo.
Uno, continuamente está observando cosas que más que de curiosas habría que calificar de misteriosas. Resulta que justo enfrente de mi portal hay un bar que llama Cucu Dos. Por lo visto sus antiguos dueños tenían otro igual llamado Cucu Uno y los dos eran afamadas casas de comidas. El caso es que, como suele pasar, los antiguos dueños envejecieron y traspasaron el negocio. No puedo decir lo que pasó con el Cucu Uno, pero el Dos les puedo asegurar que me da para no pocos comentarios con los vecinos. Porque es que resulta que se aprovechó del traspaso un chino que mantiene el negocio abierto las veinticuatro horas del día los 365 días del año sin que por el momento hayamos visto entrar a más de uno o dos clientes de Pascuas a Ramos. Bien es verdad que por la noche se observa que, en el altillo, que antiguamente era comedor, hay luz, y me ha dicho una vecina que antes se veían desde la calle las mesas de ese altillo, pero ahora hay una mampara traslúcida que hurta el interior a las miradas curiosas. Comprenderán que la cosa, y más tratándose de chinos, da para un montón de conjeturas. Pero es que, además, hace unos meses instalaron justo delante del Cucu Dos unas señales de tráfico prohibiendo el aparcamiento. A los pocos días vino un camión y colocó en ese espacio un gran contenedor azul en uno de cuyos laterales hay la palabra XINÈS que, si no ando equivocado, es como se dice chino en catalán. Pues bien, ahí ha estado el contenedor varios meses sin que nadie le hiciese caso hasta que, un buen día, unos tipos le abrieron, sacaron unos hierros viejos, los subieron a una camioneta y se fueron. A los dos días desapareció el contenedor, pero a los cuatro o cinco volvieron a poner las señales de prohibido aparcar y al día siguiente volvió a aparecer el contenedor y ahí lleva no sé cuánto muerto de risa y al bar siguen entrando con cuentagotas, pero muy, que muy, contadas. Eso sí, la luz en el altillo sigue encendida cuando me levanto entre las cinco y las seis de la mañana.
En fin, ¿ustedes qué piensan que hubiese tenido que decir Dracón a propósito del Cucu Dos? No sé, a lo mejor nada. O puede que, poniéndose a investigar, descubriese que es precisamente en ese altillo en donde se ubican las oficinas de Fumanchú.
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