Por lo visto, el otro día hubo en España una sentencia que absolvía a un señor que viéndose amenazado por otro con un cuchillo sacó una pistola y le descerrajó un tiro que le dejó tieso. Y lo curioso del caso es que el señor que descerrajó el tiro ni siquiera tenía licencia de armas. Y la sentencia no fue de un tribunal cualquiera sino del mismísimo Supremo. Es decir, que crea jurisprudencia.
Personalmente nunca había tenido una idea preconcebida al estilo de la que tienen muchos de mis conocidos sobre la posesión de armas de fuego. Cuando era adolescente, un señor del pueblo, el veterinario concretamente, me regaló una escopeta de cartuchos de calibre treinta y seis con la que apenas pude hacer media docena de disparos porque tan pronto se enteraron mis padres me obligaron a devolverla. Ni siquiera recuerdo si me dio rabia porque lo que por entonces me tenía enganchado era la pesca. Por otra parte, como no hice la mili, mi relación con las armas nunca fue más allá de las clases sobre ellas que nos dieron en un campamento de verano al que me enviaron mis padres recién cumplidos los doce años. También tengo que decir, que, a veces, de muy niño, aprovechaba con mi hermano que nuestros padres se habían ido a la ciudad para subir a su dormitorio y sacar de la mesilla la pistola astra que supongo que estaría allí por si las moscas, que nunca se sabe.
El caso es que mi padre había ejercido de médico en un pueblo de la montaña en el que todas las visitas a los enfermos se hacían a caballo y siempre acompañado por un perro con carlangas y, por supuesto, la astra en el sobaco. Eran los años treinta del siglo pasado y así eran las cosas normales. Vino la guerra y la ganó la que podríamos considerar versión ligth del comunismo, es decir, la social-democracia. Como en tal versión de organización social el Estado se encarga hasta de limpiarnos el culo, pues para nada hacía falta ya que la gente se pudiese defender por sí misma. Así que armas de fuego fuera, salvo para cazar, en cuyo caso había que tener la escopeta registrada en el cuartel de la Guardia Civil más cercano.
Ha sido ya de muy mayor cuando he vuelto a reconsiderar este asunto e, incluso, lo he traído a colación en ocasiones ante mis amigos que rápidamente me han recordado como se mata entre sí la gente en EEUU a causa de ser libre allí la posesión de armas de fuego. Claro, aquí en Europa no, porque buen cuidado se tiene de ocultar a la opinión pública que la prohibición de armas solo tiene vigencia entre la buena gente porque la mala no tiene mayores problemas para agenciárselas. Y así es como tales leyes prohibicionistas no tienen otra misión que dejar a las buenas gentes a merced de las malas, cosa que al Estado le viene de perillas por aquello de que los buenos corren a meterse bajo sus faldas a la primera de cambio. La ciudadanía dócil, que le dicen, que obedece, aunque sea para ir al matadero.
Es curioso, porque leo novelas, o biografías, en las que queda meridianamente patente que, hasta prácticamente la segunda guerra mundial, en la educación de los hombres era parte indispensable el aprender a defenderse por sí mismo. Lo cual se traducía en el ejercitase en todo tipo de armas, las llamadas blancas y las de fuego. Casanova, por ejemplo, era un experto espadachín y tirador, lo cual le sacó de no pocos apuros. Por no hablar de Chateaubriand, que en su viaje a Tierra Santa nos deja claro que le hubiera sido imposible realizarlo sin ser un experto tirador. O los personajes del Drácula de Bram Stoker cuyas profesiones liberales no eran óbice que supiesen tirar de pistola o machete como el más avezado hampón.
Y si por todo ello no fuera poco para darme en qué pensar, un buen día voy y me pongo a leer el manifiesto libertario de Murray Rothbard y me topo con una buena docena de páginas en las que se explaya a favor de la libre posesión de armas de fuego. Asunto que de forma brillante relaciona con la calidad de la democracia. Porque una democracia sostenida en la omnipotencia protectora del Estado es la quimera más estúpida que podamos concebir. El Estado son los políticos y sus adláteres y las fuerzas de seguridad del estado, pues eso, están para proteger a los políticos de las iras de los ciudadanos a los que tarde o temprano se les acaban hinchando las bolas de tanto tener siempre una mano ajena metida en el bolsillo.
Por todo lo cual, no es de extrañar que los medios oficiales, o sea, del Estado, hayan pasado, según dicen, de puntillas por la sentencia del Supremo que les comentaba.
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