Voy pacá y pallá con el kindel en el bolsillo trasero del pantalón. Y allí donde veo un banco, ya sea bajo los tamarindos del muelle, los tilos de los jardines, los álamos de... en fin, mis recorridos cotidianos, allí que me siento a seguir con lo de Casanova. Tengo para rato, porque, además, como en Proyecto Gutemberg, de donde la bajé, solo la tenían en inglés, pues tengo que ir lento a la fuerza.
Es difícil concebir un personaje más envidiable por lo completo que Casanova. En su biografía de la wikipedia le describen así: aventurero, libertino, historiador, escritor, diplomático, jurista, violonchelista, filósofo, matemático, bibliotecario y agente secreto italiano. También era un espadachín invencible a juzgar por todos los duelos de los que sale indemne.
Sin duda la naturaleza le dotó de una biología privilegiada, porque una normal necesita de altibajos espirituales para no reventar. Sin embargo Casanova no se permite un respiro. Siempre está sobre la brecha y por complicado que sea el asunto que se trae entre manos siempre sale airoso. Es, en definitiva, el modelo real de Fausto más acabado que conozcamos que ha dado la historia de la humanidad. Y eso, claro, da para mucha literatura, por más que, en teoría, la ficción brille por su ausencia.
Lo que es evidente es que no desperdicia el tiempo. Sí no hay mujer que seducir hay matemáticas que estudiar o memorias que escribir o negocios que llevar a cabo. Un día le preguntan en una de esas comidas elegantes a las que asiste a diario si conoce no recuerdo qué ciudad. Responde que ir a donde no tiene algo que hacer le produce un tedio infinito. Nunca viaja sin un motivo que lo justifique. Un motivo real, digo, y no como el que declara la gente hoy día con orgullo que no es otro que el ir a ver cosas. ¡Ir a ver cosas diferentes! El tedio de la novedad. Pañerías, novedades y tejidos. O como decíamos en el colegio: vas a la romería, no ves nada y te jodes.
¡Qué vida ésta, unos tanto y otros tan poco! En cualquier caso, una cosa es segura, siempre se puede puede mejorar... basta para ello dejarse de mandangas y pantomimas: no engañas a nadie. Ni, ni siquiera, a ti mismo.
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