En la azotea de la casa de enfrente hay una pareja de palomas que sería la imagen perfecta de la ociosidad si no fuese por toda la energía que gastan en follar. Seguro que de treinta o cuarenta polvos al día no bajan y me parece que me quedo corto. El palomo está todo el rato intentando, con éxito, por cierto, que la paloma se ponga bien y se esté quieta. Y luego todo se produce en un visto y no visto, pero así es como la naturaleza lo tiene dispuesto para esa especie.
Justo debajo de las palomas hay una chica que se pasa el día entre la mesa de estudio y la ventana para fumar. Para mí, que porros, porque para encender cigarrillos no se hacen esos gestos como de querer que el humo te llegue a los talones. Sea como sea, cigarrillos o porros, lo importante es que no le va a la zaga a las palomas en cuanto al número. Tú un polvo, pues yo un cigarrillo. Y sanseacabó.
Podría seguir con las historias del número 13 de la Rue del Percebe. O con "la vida, modo de empleo", aquella novela de Perec en la que nos cuenta la vida y milagros de todos los vecinos de una casa de pisos en París. La vida de los otros, que siempre es un enigma y, eso, por más que estemos convencidos de que siempre es más de lo mismo. O sea, gastar energías en follar y fumar porros para mejor sobrellevar lo que hay entre polvo y polvo.
Y suma y sigue y aquí nadie se retira de la competición. O casi nadie. Y ese es el gran misterio de nuestra especie, que, pudiendo ser conscientes de la nada que es todo esto, queramos seguir en la brecha como si esto fuese a cambiar algún día para mejor. En fin.
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