miércoles, 21 de junio de 2023

Superstición

Por caminos azarosos vengo a dar en la noticia de que un rayo ha destruido una iglesia en Massachussets justo tres horas después de que en ella se hubiese celebrado una ceremonia por parte de los del orgullo LGTBQ. Un canal de cariz religioso llamado Servants of  God, al parecer, ha creído ver en ello una especie de causa/efecto. Algo así como lo de Sodoma y Gomorra que, también, por lo visto, allí solo se usaba el sexo para cualquier cosa menos para tener hijos. Evidentemente, la cosa no pasa de ser mera casualidad, pero también tenemos que reconocer que, cuando la casualidad se convierte en una anécdota curiosa, es inevitable que los agoreros empiecen a extraer conclusiones que cuadren como anillo al dedo a sus particulares ideologías. 

Es como lo que ha pasado con esos supermillonarios que han pagado más de lo que la inmensa mayoría de las personas ganan en toda su vida para bajar en un submarino a ver los restos del Titanic y, de paso, perderse. ¡Mala suerte, tíos! Les ha salido cara la curiosidad o lo que fuera que fuese el motivo por el que tomaron la decisión de hacer tamaño dispendio. Porque hay que tener en cuenta que las personas hacemos cosas sin que los motivos aparentes tengan nada que ver con los reales. Yo mismo, no me cuesta confesarlo, me ha pasado buena parte de mi vida haciendo no pocas tonterías supongo que para hacerme notar. Ya se sabe que el afán de notoriedad es inherente a los humanos y, cuando no se puede adquirir por cosas de mérito, se intenta conseguirla por medio de excentricidades y chuminadas... como, por ejemplo, bajar en un submarino a ver los restos del Titanic. 

En la antigüedad este tipo de anécdotas curiosas solían ser relacionadas con la ejemplaridad de los designios de la divinidad. De hecho, los libros de Heródoto a veces parece que no son otra cosa que un compendio de anécdotas curiosas, la mayoría, supongo, puras leyendas urbanas, de las que poder extraer sin mucho esfuerzo una moraleja ejemplarizante. Que en eso consiste la importancia de esos libros, que, por así decirlo, son los primeros en los que hace aparición de una forma sistemática el pensamiento abstracto, que no otra cosa es extraer conclusiones, o conjeturar, aprovechando que el Pisuerga pasa por Valladolid. 

Una de las anécdotas más famosas de esos libros es la de Polícrates, el tirano de Samos, que era tan afortunado que el rey de Egipto le dijo que se procurase alguna desgracia para equilibrar su relación con la diosa Fortuna. Polícrates, entonces, se adentró en alta mar y arrojó allí su más valioso y apreciado anillo. A los pocos días, unos pescadores le regalaron un hermoso pez y ¡oh, sorpresa!, al abrir el pez encontraron alojado en sus entrañas el dichoso anillo. Sabido esto por el rey de Egipto se apresuró a retirar todo tipo de trato con Polícrates porque estaba convencido de que por lógica divina se estaba avecinando una desgracia morrocotuda de la que no quería participar. Por supuesto que la lógica divina no es más que una superstición, pero no hay que ser tan necio como para ignorar el cierto componente de empirismo que suele haber tras muchas supersticiones, como, por ejemplo, la que nos estamos trayendo entre manos, a saber, que la Fortuna tiene una tendencia irrefrenable a equilibrarlo todo. Yo, desde luego, estoy tan convencido de ello que por nada del mundo se me ocurriría tentarla comprando un décimo de lotería. En fin, ¡pero a quién le pueden importar mis supersticiones!

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