Como había estado hablando de literatura con Pedro A. y me había ponderado tanto "El viaje al fin de la noche" de Céline pues no dudé en acercarme a la librería de viejo que hay en la calle San Luis a ver si tenían algún ejemplar. Y, sí, lo tenían, y, como ya terminé lo de Drácula, pues me he puesto con ello. A medida que me adentro en sus páginas voy recordando lo que me maravilló cuando la leí hace ya quizá más de cuarenta años. Y es que no es para menos.
Uno se apunta a cualquier guerra más que nada porque no tiene nada que hacer. Y una vez en ella tiene al alcance de la mano todos los motivos que quiera para dar rienda suelta a su cinismo. ¿Porque con qué otra herramienta que no sea el cinismo se pueden considerar las cosas de este mundo si es que no quieres morir de asco? Y no te digo, ya, si lo que consideras es la guerra. Ésta que se está desarrollando en Ucrania, sin ir más lejos. Se han parado a pensar la enorme majadería que es. Parece todo como una obra de teatro de Valle Inclán. Sin pies ni cabeza. Recuerdo aquella escena del estudiante de medicina bailando con el esqueleto que acababa de sacar de la tumba para vender sus huesos a los estudiantes de anatomía. Aquí no se respeta nada ante la imperiosa necesidad de sacar unas perrillas para ir a tomar vinos. Y esa es la filosofía que señorea el mundo.
Es curioso, porque leyendo a los clásicos te das cuenta de todas las superestructuras ideológicas, o como se diga, que se montó siempre el mundo con tal de poner lo de ir a tomar vinos en el centro de la vida. Es muy curioso, más que nada porque es la demostración palpable de que aguantar la vida a palo seco es poco menos que un imposible metafísico. Si lo intentas, inevitablemente te sucederá lo de Penteo que no se lo voy a contar porque ya va siendo hora de que se vayan a Eurípides y lean sus Bacantes. ¡Por Dios Bendito, un poco de curiosidad de nosotros mismos! ¿O es que no quieren reconocerse en lo gentuza que son? Y, entonces, ¿de dónde se creen ustedes que salen todas esas guerras? Por culpa de los otros, sin la menor duda. Y a mí que me registren.
Pues sí, una gran novela la de ese tal Ferdinand Céline que tanto dio que hablar y no precisamente por su novela sino por sus simpatías hacia los nazis. Habría que escuchar el motivo de esas simpatías para saber a qué atenerse. Pero es lo que tiene lo del estar enganchado a ir a tomar vinos, que uno no necesita escuchar para tener una opinión: en los templos de Dionisos te las dan todas ya masticadas.
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