Peter Gertjie es un investigador médico danés que dirige el Nordic Cochrane Center de Rigshospitalet en Copenhage. Desde luego que no es un cualquiera y mucho menos para la mafia médico-política-farmacéutica que se la tiene jurada.
Desde muy en los inicios de mi ejercicio profesional como médico caí en la cuenta de que la inmensa mayoría de los medicamentos son un fraude. A ello me ayudó el haber tenido la suerte de tener un jefe excepcional que, como sabía un montón de fisiología, podía curar a los enfermos yendo al fondo de la enfermedad. Concretamente, en los enfermos crónicos respiratorios que lo que les desequilibra todo el organismo es la falta de oxígeno en la sangre. Los órganos, entonces, no se oxigenan debidamente y, por tal, funcionan mal. Pues bien, la lógica que se usaba en los hospitales era suministrar un medicamento para cada órgano malfuncionante. Al final, el paciente tomaba una ristra de medicamentos que no es que no le sirviesen para nada, es que le empeoraban. Una estupidez, decía mi jefe: si el mal tiene su origen en la falta de oxígeno, le suministramos oxígeno y, de inmediato, los órganos al empezar a oxigenarse se recomponen por sí solos. El problema era que como los médicos no sabían fisiología aplicaban el oxígeno de una manera que hacía más mal que bien.
Todo esto lo vi claro desde el principio, no por nada, sino porque estudié fisiología. Así, cuando cambié de hospital y empecé a aplicar los conocimientos adquiridos me encontré con la enemiga generalizada. Los médicos, por una parte, porque ya saben lo necios que suelen ser. Los representantes de los laboratorios, por otra, que se percataron de inmediato que mis conocimientos era un torpedo en la línea de flotación de sus intereses. Y, luego, la propia dirección del hospital que no quería problemas. Así es como ha funcionado el mundo desde sus orígenes respecto del avance del conocimiento. Es un lento arrastrarse que nunca tiene fin. Resumiendo, que me costó lo suyo convencer a los colegas de cual era la forma correcta de aplicar el oxígeno, pero al final lo conseguí. Sin embargo, del uso de los medicamentos fue imposible deshacerse: en ello iba la ganancia de los laboratorios, las gabelas de los médicos y la paz por encima de la verdad como política de la dirección.
Pues bien, señoras y señores, lo que vale para los enfermos respiratorios, vale para casi todas las otras enfermedades. Si conoces la fisiología puedes ir al fondo del problema y, entonces, necesitas muy poca medicación si es que alguna. Y eso es, precisamente, lo que dice el Dr. Peter Gertjie, que, para rematar, ha escrito un documentado libro sobre el tema en el que demuestra de forma fehaciente que tras los cánceres y las enfermedades vasculares la causa más frecuente de muerte es la medicación que prescriben los médicos. ¡Muy fuerte, tío!
Así corre el mundo. Leía el otro día que en el Reino Unido ocho millones y medio toman a diario pastillas antidepresivas. ¿Ustedes se hacen cargo de lo fácil que tiene que ser gobernar un país en el que tanta gente ve las cosas color de rosa gracias a la medicación que recibe? Color de rosa o, simplemente, no las ve. Así es que van como momias, cuando no como vampiros que se pasan la vida de baile en baile.
Quiten la medicación a los ancianos, dice el Dr. Gertjie, y no tardarán en verles rejuvenecer diez años. Desde luego que doy fe de semejante realidad. He visto extinguirse a demasiada gente por culpa de la medicación. Y es dificilísimo luchar contra eso. Cuando sugieres algo, te saltan al cuello como fieras. Y es que, claro, estas cosas solo se pueden sugerir por razones obvias. Si las cosas de la naturaleza se rigiesen por leyes matemáticas podrías ser contundente en tus afirmaciones. Pero, como las leyes no pasan de la mera estadística, hay que limitarse a conjeturar. ¡Y buena tienen la cabeza para conjeturas los que toman pastillas! Y sus familiares, que también las suelen tomar, ni te digo.
Es muy complicado todo esto, pero la realidad es la que es que, por cierto, traté de plasmarla en un relato corto que titulé "Apoteosis". Me inspiré en el infierno que vi padecer a mi padre en las acaballas de su vida cuando no hacía el día con menos de cuarenta pastillas. No hubo forma humana de hacerle bajarse del carro ni lo más mínimo. En su inducida locura estaba convencido de que lo tenía controlado todo al milímetro. Es el sueño socialdemócrata, o marxista, en definitiva; creer que hemos llegado a tal grado de sabiduría que tenemos soluciones para todo. Desde luego que si a mi padre le hubiesen citado a Prometeo le hubiese sonado a chino. Y es que ¿acaso se puede ejercer correctamente la medicina sin haber leído a Hesíodo? Francamente, pienso que no.
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