Fue leyendo a Houellebecq donde me di cuenta de que el, por así decirlo, vicio mujeriego no es más que una manifestación sobresaliente de la patología narcisista. A buen seguro que Houellebecq tiene leídas y releídas las memorias de Casanova que, en realidad, no son otra cosa que un tratado de esa patología que les digo.
Casanova no es como Dominguín, que después de acostarse con Ava Gardner sale corriendo a contárselo a sus amigotes por pensar que así acrecienta su prestigio ante los demás. Casanova no tiene necesidad de tales artimañas; para él lo que vale es la convicción intima de que, si quiere, puede. En cualquier caso, ya sea el intentar afianzarse hacia fuera, ya sea hacia dentro, lo que no cabe mucha duda al respecto es que ambos dos muestran un grave problema de inseguridad que les convierte en personajes, no por curiosos, menos ridículos.
Anda Casanova, por no se sabe que secretos motivos, por la ciudad de Colonia. El burgomaestre, o sea, el que mandaba allí, tenía una mujer, al parecer espléndida, que nada más ver a Casanova empezó a hacerle ojitos. Bueno, se los hacían mutuamente. Y no es que la mujer no estuviese debidamente suministrada por el marido que, salvo los días de la menstruación, cumplía a rajatabla. Pero se ve que ella también necesitaba tratarse algún tipo de inseguridad. Sea como sea, es impresionante el relato de los riesgos y penalidades a los que se someten para echar un polvo. Indudablemente, por razones obvias, Casanova no había podido ver "La chica de rojo", pero, de haberlo hecho le pudiera haber servido de mucha ayuda. Aunque, no sé, porque cuando uno es adicto a lo que sea para mantenerse a flote, los consejos ajenos de pelo cuelgan.
En fin, que la cosa del narcisismo es algo que, ¡que tire la primera piedra el que no esté afectado de tal virus! No sé si naceremos con él, pero de lo que sí estoy seguro es de que todos morimos con él puesto. Lo cual, que viene a demostrar hasta qué punto estamos mal hechos. Es, por poner un ejemplo, como lo de las muelas del juicio: ¿para qué demonios nos las puso Dios ahí donde están? ¿Para qué nos den por el saco bien dados? ¿O para que bajemos los humos? Pues el narcisismo igual: para que hagamos el ridículo y luego, al caer en la cuenta, querer que la tierra nos trague.
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