(Simplemente, ya no es posible creer en gran parte de la investigación clínica que se publica, o que se apoya en el juicio de médicos o en los preceptos marcados por las autoridades sanitarias. No me produce ningún placer el haber llegado, lenta y con muchas reticencias, a esta conclusión después de mis dos décadas como editor de The New England Journal of Medicine.)
Cuando andaba por los comienzos de mi efímera andadura profesional, poder leer el New England te daba un «touch of class» entre los colegas, ya que, por aquel entonces, muy pocos médicos en España podían leer en inglés. El New England, era lo más de lo más. Un fetiche, en definitiva. Lo que venía en sus páginas iba a misa. Así es que estábamos, más que en una ciencia, en una religión. La dichosa fe que lleva irremisiblemente a la corrupción absoluta, que es en lo que estamos. Sí, sí, no exagero, corrupción absoluta; para muestra un botón: las listas publicadas en Reino Unido de las cantidades que los laboratorios Pfizer y Astra Zeneca han regalado a médicos, hospitales, agencias reguladoras del medicamento, políticos, medios de comunicación... imagínense lo que pueden dan de sí los dos billones de libras que han ingresado esos laboratorios con la vacuna para poder sobornar lo que haga falta sin que apenas se note en la cuenta de resultados.
Pero no se me amohínen, porque no hay corrupción que por bien no venga. La toma de conciencia que se ha producido en grandes capas de la población respecto del enorme engaño que ha sido todo esto de la pandemia va a dejar una sociedad mucho más fuerte por una temporada. La pandemia, ahora, va a ser de escepticismo. Van a tener muy difícil los que mandan convencer a la gente de cualquier cosa que sea. En tanto los responsables del desaguisado no respondan por sus pecados se va a instalar entre los sectores más avezados de la población una especie de anarquía de las convicciones que lo va a poner todo patas arriba. En similares circunstancias de escepticismo, cuando aquella revolución llegada de la mano del control de la reproducción, allá por los años setenta del siglo pasado, fue cuando el padre de unos amigos, militar él, nos confesó que ya solo creía en Dios y en el bicarbonato. El buen hombre había perdido la fe incluso en Franco, lo cual para un militar de por entonces, no dejaba de tener su mucho mérito.
Son tiempos para la cotraintuición: la física cuántica y cosas por el estilo. O la mística, si mejor quieren.
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