Si fuese joven me iría a Argentina a intentar ver por mis propios ojos qué es lo que está pasando allí. Aunque, también sé, que, por lógica apolínea, cuando más cerca estás de las cosas, menos las ves. En cualquier caso, de lejos o de cerca, lo que parece ser realidad incuestionable es que en Argentina es donde la religión política dominante en el mundo llamado occidental ha sufrido la primera derrota después de siglo y pico de hegemonía incontestable. La nueva religión triunfante trae causa de aquellas ideas que brotaron en la Salamanca del XVI y luego rebrotaron en la Viena decadente de principios del XX. Nunca hay nada nuevo en el mundo y las religiones, como todo, funcionan como las ondas electromagnéticas, es decir, suben y bajan y, por tanto, tiene sus máximos, sus mínimos y, también, sus puntos de inflexión. De ahí que sea tan importante conocer el cálculo infinitesimal para saber en donde se está en cada momento. ¡Perdonen la boutade!
Siempre, incluso cuando parece que la religión dominante no tiene quién la tosa, hay corrientes subterráneas que van minando sus fundamentos. Son las guerras culturales que no cesan. Los humanos, aunque no queramos, siempre estamos filosofando sobre la mejor manera de sobrellevar el tránsito por este valle de lágrimas. Y de ahí surgen ideas que de vez en cuando cuajan y se transforman en religiones. Y ahí está el punto, en que las religiones apuntalan las tambaleantes vidas de los humanos. Te acoges a una cualquiera y tu vida cobra sentido y, si hace falta, te matas por defenderla. Nadie está a salvo de eso, lo mismo que tampoco lo está de empezar a dudar cuando las cosas no le marchan a uno como debieran.
Y así es como en el mundo nunca cesaron ni cesarán las guerras de religión. Se expanden unas y se encogen otras. Y en ese proceso pasan cosas como lo que acaba de suceder en Argentina. Una vez más la idea subjetiva de Dios ha ganado la partida a la idea objetiva del Estado. La anarquía ha vencido al orden y el individuo al rebaño. Pero no es más que una victoria puntual. La guerra continua y las huestes derrotadas redoblan sus esfuerzos para apuntalar su fe. No hay más que ir a YouTube y ver la de millones de vídeos que hay tratando de demostrar que Milei está loco y que Argentina se está sumiendo en un pozo sin salida. Claro, se podría argumentar aquello del Quijote: ladran, luego cabalgamos. Pero no hay que fiarse. Porque la maledicencia también funciona.
Y así corre el mundo: máximos y mínimos y puntos de inflexión. ¿Por dónde andamos ahora? Yo diría que por un punto de inflexión. Al respecto, aquella pandemia que algunos ven ya tan lejana, fue definitiva. Fabricó un muro insalvable entre los que creen en la objetividad del Estado y los que prefieren la subjetividad de Dios. Así es que está uno en una de esas tertulias a la que se acercó por una insana curiosidad y, de pronto, sin venir a cuento, escucha a alguien decir que Milei está loco. No es por casualidad, es sencillamente que el tío sospecha que tú prefieres a Dios antes que al Estado y quiere aportar su granito de arena para ayudar a los suyos en la guerra que no cesa. ¡Jo, que aburrido es todo esto! ¡Quién me manda a mí...!
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