«Oíd atentamente mis palabras, / sea éste el consuelo que me dais; tened paciencia mientras hablo, / y cuando termine, podréis burlaros», dice Job. Unos versos más, y sigue: «Cuando lo recuerdo me horrorizo / y me atenaza las carnes el pavor. / ¿Por qué siguen vivos los malvados / y al envejecer se hacen más ricos? / Su prole está segura en su compañía / y ven crecer a sus retoños; / sus casas en paz y sin temores; / la vara de Dios no los azota»
Por contra, el bueno muere lleno de amargura, sin haber comido nunca bien... y al malvado y al bueno, acuestan juntos en el polvo, cubiertos de gusanos. C´est la vie!
Ayer iba por ahí y, de pronto, mi vista cayó sobre un señor sentado en el suelo que había colocado a sus pies un cartelito minimalista; rezaba así: «Sin nada». Como en el trascurso de los años me he ido creando una mente matemática, automáticamente entendí: «con todo». O es que, ¿acaso dos negativos seguidos no hacen un positivo? Aquí, sin duda, necesitaríamos del lingüista para que nos aclarase este extremo propio de la lengua castellana. Pelillos a la mar.
Siempre me inspiraron curiosidad los carteles que confeccionan los mendigos para publicitar su mercancía. Por ejemplo, a la puerta del Mercadona que frecuento, hay siempre una señora gorda, vestida a lo gitana rumana, con un cartel en el que nos informa que tiene seis hijos a los que no puede dar de comer. Aquí al lado hay otro que trata de conmovernos con la leyenda: «Cántabro sin trabajo». Ya saben, desde que Jordi Pujol puso de moda lo de las identidades regionales, como que la gente está muy sensibilizada al respecto y, ese mendigo, sin duda, quiere aprovechar el tirón.
Sin embargo, el recurso más usado por los mendigos es el de la obviedad: «Pido por necesidad». La necesidad se le supone al mendigo, como al soldado el valor. Aunque, quizá, a la gente en general, le caiga más simpático un vicioso que un necesitado. Recuerdo que en Madrid vi a un par de mendigos, tumbados en una esquina del FNAC, que se publicitaban con un cartel que ponía: «Pedimos para cervezas y cigarrillos». Se les veía felices. La gente no paraba de echar monedas al bote que había cabe al cartel.
En fin, qué vida esta, buenos, malvados, necesitados, viciosos...¿quién distingue? Desde luego que Dios, parece que no. A final les acuesta a todos juntos sobre el mismo polvo y les cubre con los mismos gusanos.
El caso es que ayer me pasé por La Rebelde, que así se llama la librería de viejo que más frecuento, y me agencié una versión Oxford Bookworms de Dr Jekyll and Mr Hyde. Es un libro que siento la necesidad de releerlo porque, por un lado, en aquellas lecturas de juventud, uno se quedaba por lo general a uvas, y, por otro, porque Fede, infatigable estudioso de la personalidad, me lo pondera mucho. Claro, ¿quién distingue al bueno del malvado si resulta que es la misma persona? Y que tire la primera piedra el que esté libre...
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