Pareciera que todos los esfuerzos que hacemos en esta vida estuviesen encaminados a conseguir un futuro previsible. Ya saben, aquel famoso consejo de los padres: tú, hijo, algo seguro. Es decir, hacer oposiciones a funcionario.
Entonces, viene el Duque de Rivas y nos deja como legado "Don Álvaro o la fuerza del sino". La vida es como es y va por donde le da la gana. Lo único que está en nuestras manos es implorar el favor de los dioses. Que la primera acción de cada día sea ofrecerles sacrificios. Siempre con un punto de reserva porque la experiencia nos demuestra que, al que más favorecen, para mayores trabajos le guardan.
A Don Álvaro, nacido para triunfar en la vida, se le tuercen las cosas, una detrás de otra. Le persigue un sino funesto. Los dioses se ceban con él. Y a él no le queda más consuelo que el dulce lamentar de dos pastores:
"¡Qué carga tan insufrible / es el ambiente vital / para el mezquino mortal / que nace en sino terrible! / ¡Qué eternidad tan horrible / la breve vida! Este mundo, / ¡qué calabozo profundo / para el hombre desdichado / a quien mira el cielo airado / con su ceño furibundo! / Parece, sí, que a medida / que es más dura y más amarga, / más extiende, más alarga / el destino nuestra vida. / Si nos está concedida / solo para padecer, / y debe muy breve ser / la del feliz, como en pena / de que su objeto no llena, / ¡terrible cosa es nacer!"
Quizá el problema de Don Álvaro fue que se hizo demasiadas ilusiones. Si Doña Leonor no podía ser para él, por muy estúpidas que fuesen las razones, ¿a qué empeñarse? ¡El jodido romanticismo, madre de todas las desgracias! Precisamente los dioses nos dieron la razón a los humanos con la finalidad de que la usásemos, es decir, de que fuésemos prácticos. Y entonces vino el filósofo de mierda y dijo: el corazón tiene razones que la razón no entiende. ¡Qué juego de palabras más venenoso! Ya ven, un día a alguien se le encendió una lucecita y dijo: ¡Eureka, lo suyo es casarse por amor! Y se multiplicaron por mil los divorcios. Y las tragedias. No, no es la fuerza del sino, es, sencillamente que damos prioridad a los sentimientos sobre la razón y, eso, a los dioses no les gusta un pelo. Porque es como si despreciásemos el más preciado de todos los regalos que nos hicieron.
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