Ando con Las Confesiones de un Pequeño Filósofo de Azorín. El capítulo IX se titula Vida en el Colegio. Son los años ochenta del siglo XIX y lo que cuenta apenas difiere en un puto o una coma de lo que yo conté acerca mis estancias en internados en los años cincuenta del siglo XX. Los internados en colegios de religiosos, hay que haberlo vivido para saber lo que vale un peine. A Azorín le llevaron con ocho años, a mí con diez, a mi hermana la pequeña, con siete. Imagínense un niño de siete u ocho años, en estos tiempos que corren, levantado a golpe de palmadas a las cinco de la mañana para ir a misa: automáticamente, sus padres serían denunciados y privados de la patria potestad.
¿Qué es mejor, aquel tipo de educación que duró, que se sepa, de los ochenta del XIX a los cincuenta del XX o ésta que se viene suministrando desde los sesenta del siglo pasado, cuando todos los religiosos que regían los colegios huyeron en desbandada hacia las faldas de las mujeres? Convendría hacer un estudio sobre el particular. Porque acertar mínimamente sobre cómo preparar para la vida adulta a los niños no es cuestión baladí. Modelo espartano o modelo ateniense. Platón se decantó sin ambages por el espartano y se tomó la molestia de escribir un libro, La República, para explicar el porqué de sus preferencias.
No sé, porque en la vida, si alguna vez aciertas es como lo del burro que hizo sonar la flauta: por casualidad. Pero da dolor esa pintura de la Grecia clásica en la que se ve a dos esbirros llevándose a un niño de siete años que mira hacia atrás, se supone que a su madre, con cara de terror. Así era Esparta, que, por cierto, le dio pal pelo a Atenas cuando ya se habían deshecho del enemigo común que las mantenía unidas. Es la dureza que, en principio, se supone que facilita la vida. ¡Vete tú a saber! Aunque, personalmente, me decantaría por un "ni tanto que queme al santo, ni tan poco que no le alumbre". Porque por aquel entonces nos quemaban y, ahora, mi impresión es que van con tan poca luz que para todo necesitan pastor que les guie. Nunca se vio, pienso, una juventud más dócil. O blandengue, si mejor quieren. Pero solo es una impresión, qué quieren que les diga.
En resumidas cuentas, yo soy yo y mis circunstancias, y cada época tiene las suyas. Aquellas fueron las que fueron y estas son las que son. Yo no veo que a mí me haya ido muy diferente de cómo les va a mis hijas, y eso que, por lo menos en apariencia, nuestras educaciones difirieron como de la noche al día... a lo mejor no fue para tanto.
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