Ayer, imprevistos de la vida, me tuve que tirar un buen tato con labores de limpieza. Tenía que haber sido una gaviota descompuesta que había soltado su sobrante en pleno vuelo. No me podía creer que tal cantidad de mierda hubiese podido salir de un cuerpo tan relativamente pequeño: todo el cristal de una ventana, la persiana, el alfeizar y, cuando saqué la cabeza para inspeccionar el campo, pude comprobar que el piso de abajo no había salido mejor parado. Ya digo, gajes del oficio que es el vivir.
Me acordé de Alberto Pico, el que fuera párroco del barrio Pesquero. Mítico párroco, podríamos decir. Según me contaron, el hombre, desprovisto ya de buena parte de sus labores pastorales por la avidez invasiva del Estado benefactor, ocupaba parte de sus abundantes ocios en ir a los restaurantes del barrio a pedir los despojos del pescado para, luego, arrojarlos en una esquina de la dársena a la que acudían como locas las gaviotas que pululan en abundancia por allí. Se ve que él, así, paliaba las ansias filantrópicas que habían sido su seña de identidad primordial a lo largo de la vida. Sin saberlo, quizá, estaba haciendo un flaco favor a los equilibrios naturales de la naturaleza, valga la redundancia. ¡Como si no hubiese ya bastantes gaviotas! Un animal, por cierto, con unas habilidades depredadoras más que notables. Me contaron en mi pueblo que habían acabado con las truchas hasta el mismo origen del río, allá arriba, en Lunada.
Cuando era niño y vivía a pupilaje en un barrio popular de Santander, conocí a un tipo que se dedicaba a recolectar huevos de gaviota por los acantilados. Eran un poco más pequeños que los de gallina, pero no mucho, y la gente decía que de sabor eran indistinguibles. Claro, por entonces se estaba empezando a salir de la hambruna de la posguerra y los paladares, por lo general, no andaban para distingos. Fuera como fuese, comer esos huevos era una forma de mantener a la población de gaviotas dentro de límites aceptables. Así que, ese, es otro equilibrio que se ha roto.
Con tanto equilibrio roto, nada puede extrañar que el barrio suela estar asqueroso. Tenemos un sistema de recogida de basuras por absorción que se ha quedado pequeño. Así es que los contenedores a veces están abarrotados y es preciso dejar las bolsas en el suelo. Entonces es cuando entran en acción las gaviotas: olfatean el contenido de las bolsas y si encuentran algo apetecible las desgarran y esparcen su contenido por la acera. Se pueden imaginar el panorama. Y no se crean que es de vez en cuando, no, es día sí y al otro también.
En resumidas cuentas, que, por una lado la sustitución de la labor filantrópica de la iglesia por la justicia social del Estado trajo como consecuencia que Alberto, aburrido el hombre, se dedicarse a alimentar a las gaviotas y, así, contribuir a multiplicarlas; por otro lado, el fin de la hambruna y el consecuente refinamiento de los paladares hizo que los huevos de los acantilados siguiesen su curso natural que es convertirse en polluelos, Por no hablar de las basuras que producimos, que no sé cómo todavía no hemos sido enterrados por ellas... hay días que parece que ya estamos a punto. En fin, las putas gaviotas... por no hablar de las palomas, los perros... la Biblia dice que Dios los puso ahí para que nos sirviésemos de ellos, pero me parece a mí que se han invertido las tornas.
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