En llegando estas fechas me entra una nostalgia enfermiza de los campos de Castilla. Quizá era la percepción de la belleza lo que experimentaba cuando pedaleaba por aquellas carreteras solitarias entre los mares verdes mecidos por la brisa. El cielo, de un azul prístino por el que se dejaban ir perezosos ocasionales borregos blancos. La inevitable pareja de águilas allí en medio, señoreando la inmensidad. Las torres de las iglesias destacando en el horizonte; desde cualquier sitio veías unas cuantas. Los pueblos solitarios con sus acogedoras tabernas y sus plazas con fuente, bancos y álamos en las que tanto me demoré. Fuentes, Paredes de Navas, Becerril, Gascón, Ampudia, Villarramiel, Astudillo, Santollo, Monzón... me faltó sabiduría para haberme quedado por allí.
En fin, a lo hecho pecho. Y aquí estoy somnoliento por no poder conciliar el sueño. Repaso A la Sombra de la Peña Pelada, el libro que un día escribí pretendiendo hacer literatura de mi infancia en Liérganes. Me río en ocasiones y en otras me da pena. Pero nunca me incita a la nostalgia. Es como si aquello me hubiese saturado. Como me pasó con tantos otros sitios después. Solo Castilla me dejó hueco para más... y sé que ya nunca iré a llenarlo.
Aquí, constreñido entre la montaña y el mar. ¿Por dónde escapar? O, simplemente, esparcirse. Solo queda hacia dentro. La memoria.
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