viernes, 10 de mayo de 2024

La gloria

Raramente hago visitas. Por lo que sea, me producen una gran desazón. Pero esta vez, como me habían insistido tanto y la ocasión venía tan a mano, me decidí. Se trataba de una chica que había sido mi subordinada en los años en lo yo había sucumbido a integrarme en una estructura jerarquizada. En aquel entonces, digamos que era el jefecillo de una docena de personas a las que distribuía el trabajo a mi antojo. A ésta, concretamente, le había asignado la tarea más sofisticada, dentro de un orden, de las que llevábamos a cabo. Ella era impecable realizándola y nunca me dio el menor problema. Como suele pasar en todas las instituciones jerarquizadas, sobre todo si son estatales, cual era el caso, la cantidad de tiempo libre entre tarea y tarea era considerable. Y ese tiempo, de todos es sabido que suele emplearse mayormente en intrigas, cotilleos y propalación de rumores insidiosos. Así era que yo pasaba grandes ratos en mi despacho leyendo novelas y mis subordinados dedicados a lo dicho. Aquello era lo más parecido a una portería, dicho en el sentido peyorativo del término. Digo mis subordinados y digo mal porque tendría que haber añadido, todos menos una, precisamente la que fue objeto de la visita de marras. Ella siempre encontraba un rincón tranquilo en el que enfrascarse en sus cuadernos. De vez en cuando desaparecía un par de días y luego me enteraba de que había ido a Madrid a examinarse. Yo no tardé en abandonar aquel reducto opresivo, pero eso no quitó para que me llegasen noticias de que la chica en cuestión también había desechado la seguridad estatal y se había establecido por su cuenta. 

Así que, como les decía, el otro día pasé por delante de su empresa y entré a saludarla. No me costó ni un minuto saltar los cuarenta años que habían pasado desde nuestro último encuentro. Un minuto desde la desorientación inicial por los inevitables cambios fisionómicos a la total restitución de la memoria de lo que había sido. Tengo que reconocer que me desarmó el afecto con el que fui recibido. Hacía demasiado tiempo que nadie me decía cosas tan agradables sobre aquel pasado mío del nunca ceso de avergonzarme. A ver si es que yo exagero, pensé entonces. El caso es que me enseñó las diversas instalaciones de su empresa, me presentó a todos sus empleados como si yo fuese lo más de lo más y, como siempre pasa en estos casos, nos despedimos con promesas de nuevos encuentros. 

Una historia ejemplar, la de esta chica. Hija de empresario, por cierto. Ya saben que eso de que, de casta le viene al galgo, aunque no sea ley, tampoco es ninguna tontería. En fin, sea como sea, lo que deja poco espacio a la duda es que, el que la sigue la consigue. A veces te puedes partir la nuca en el intento, como le paso a Faruq de la Tata cuando andaba persiguiendo una liebre, pero ¿y la gloria imperecedera de Faruc? ¿Qué me tienen que decir de eso? ¿Hay algo que se le pueda comparar?

No hay comentarios:

Publicar un comentario