martes, 24 de diciembre de 2024

A Mathematician´s Lament



Las matemáticas se han convertido en el centro de nuestros bavardeos mañaneros. Seguir el rastro a su evolución es, muy posiblemente, la mejor manera de entender algo de lo que ha sido la historia de la humanidad. En los primeros asentamientos que trajeron causa del haber descubierto que, si metías debajo de la tierra aquellos granitos que solías comer, al cabo de un tiempo tenías un montón de granitos. Entonces, asentados ya, pronto cayeron en la cuenta de que había que repartir las tierras que había alrededor del asentamiento porque era imposible ir todos a una. No hay nada que más le fastidie a cualquiera que ver como el vecino se aprovecha de tu trabajo. Para repartir las tierras fue preciso aprender a medirlas para evitar que unos recibiesen más que otros. Así inventaron la agrimensura que vendría a ser la madre de la geometría. De ahí a empezar a acumular, todo fue una. Y lo acumulado había que administrarlo. O sea, que fue necesario inventar la contabilidad, madre a su vez de la aritmética. 

Con la geometría y los números en la cabeza y, por ende, el ocio que viene aparejado con la vida asentada, ya tenemos los ingredientes necesarios para la lucubración sin fin. Y sin objetivo concreto; simplemente por ver a dónde se puede llegar. 

Más de una vez les he comentado acerca de los vídeos de Tibees; no son los al uso entre los matemáticos. Ella siempre trata de convencernos de que el interés de las matemáticas no reside en su utilidad práctica, sino, sobre todo, en su belleza. Es un arte, nos dice. Como la música o la pintura. Hoy, al abrir YouTube, he visto un vídeo suyo titulado "A Mathematician's Lament" (El Lamento de un Matemático). El video es una glosa del libro en el que Paul Lockhart se lamenta de la forma en la que se enseñan las matemáticas, que viene a ser la misma en la que se enseña todo, es decir, memorizando reglas. Lockhart, un matemático brillante, decidió dejar su catedra para ir a enseñar matemáticas a los chavales de una escuela de New York. Y allí sigue. Dice: los estudiantes se quejan de que las clases de matemáticas son estúpidas y aburridas, y tienen razón. La primera cosa que hay que entender es que las matemáticas son un arte. La única diferencia con otras artes, como la música o la pintura, es que nuestra cultura no la reconoce como tal. Y sigue: si niegas la oportunidad de iniciarse en esta actividad poniéndose uno mismo los  problemas, haciendo las propias conjeturas y descubrimientos, equivocaciones, frustraciones creativas, inspiración y ensamblaje de las propias explicaciones y pruebas, estás negando las matemáticas. Recuerda mucho a lo que decía Feynman que consiguió tener métodos propios para todo. 

Personalmente, lamento mucho no haber tenido de por vida el hobby de las matemáticas. Acabado el bachillerato las perdí de vista. Quizá mi mayor error, porque la profesión que escogí sin saber matemáticas es lo más parecido al trabajo de un robot rudimentario: saber aplicar unas cuantas reglas en el momento preciso. La muerte en vida como quien dice. Afortunadamente, un día decidí retomarlas y estoy convencido de que fue la mejor decisión que tomé en la vida. Ahora es mi mayor consuelo. Se me van las horas tratando de encontrarle las tres patas al gato de la geometría, el álgebra, los logaritmos, los números complejos, el cálculo... el infinito, ese número al que nunca se llega, como al último decimal de los números irracionales; o como las asíntotas que, por más que prolongues su decrecer, nunca llegan a tocar el eje de abscisas. 

 

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